Homeostasis

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Las Sandalias Del Pescador

Morris West



Título Original: The Shoes of the Fisherman


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NOTA DEL AUTOR

Roma es una ciudad más antigua que la Iglesia católica. Todo lo que puede suceder ha sucedido allí y, sin duda, sucederá otra vez. Éste es un libro situado en una época de ficción, poblado por personajes de ficción, y en el cual no se pretende hacerreferencia a persona viviente alguna, ya sea dentro de la Iglesia o fuera de ella.
No puedo pedir a mis amigos que acepten la responsabilidad de mis opiniones. De manera que aquellos que me ayudaron en este libro deberán permanecer en el anonimato.
A aquellos que me entregaron sus historias, a aquellos que pusieron su sabiduría a mi disposición, a aquellos que me brindaron la caridad de la Fe, ofrezcomis sinceros agradecimientos.
También debo dar las gracias a «Penguin Books, Ltd.», por su autorización para incluir tres extractos de las traducciones de Eurípides de Philip Vellacott (Alcestis, Iphigenia in Tauris, Hyppolytus).
Y también al reverendo padre Pedro González, O. P., por su pasaje de su tesis sobre Miguel de Unamuno, que ha sido incorporado sin comillas al contexto.

El Papahabía muerto. El camarlengo lo había anunciado. El maestro de Ceremonias, los notarios, los médicos, lo habían consignado bajo su firma para la eternidad. Su anillo estaba ya destrozado, y rotos sus sellos. Las campanas habían sonado en la ciudad. El cuerpo pontifical había sido entregado a los embalsamadores para ofrecerlo decorosamente a la veneración de los fieles. Ahora yacía entre velas blancas,en la Capilla Sixtina, y la Guardia Noble velaba sus restos bajo los frescos del Juicio Final de Miguel Ángel.
El Papa había muerto. Mañana, el clero de la Basílica reclamaría su cuerpo y lo expondría al pueblo en la capilla del Santísimo Sacramento. Al tercer día lo sepultarían, vestido con sus hábitos pontificios, con una mitra sobre la cabeza, un velo púrpura sobre el rostro y una manta dearmiño rojo para que lo abrigase en la cripta. Las medallas y monedas que había acuñado serían sepultadas con él, para identificarlo ante quienquiera que lo exhumase mil años después. Lo encerrarían dentro de tres urnas selladas: una de ciprés, una de plomo para protegerlo de la humedad y para que llevase su escudo de armas y el certificado de su muerte; la última, de roble, para que su aparienciafuese la de otros hombres que bajan a la tumba en una caja de madera.
El Papa había muerto. Y orarían por él como por cualquier otro hombre: «No juzgues a tu siervo, oh, Señor... Líbralo de la muerte eterna.» Luego, lo descenderían dentro de la bóveda que quedaba bajo el altar mayor, donde, tal vez, y sólo tal vez, sus restos se desharían en polvo con el polvo de Pedro; y un albañil cerraría labóveda con ladrillos y fijaría una placa de mármol con su nombre, su dignidad, la fecha de su nacimiento y la de su muerte.
El Papa había muerto. Lo llorarían con nueve días de misas y le darían nueve absoluciones; pues habiendo sido en vida más grande que otros hombres, su necesidad de ellas podría ser también mayor después de la muerte.
Entonces lo olvidarían, porque la Sede de Pedro estaba vacante,la vida de la Iglesia se hallaba en síncope y el Todopoderoso carecía de Vicario en este mundo atormentado.
La Sede de Pedro se hallaba vacante. De manera que los cardenales del Sacro Colegio se transformaron en depositarios de la autoridad del Pescador, aunque no poseyeran facultades para ejercerla. El poder no residía en ellos, sino en Cristo, y nadie podía asumirlo sino mediante unatransmisión y elección legítimas.
La Sede de Pedro estaba vacante. De manera que acuñaron dos medallas, una para el camarlengo, que ostentaba un gran paraguas sobre llaves cruzadas. Bajo el paraguas no había nadie, indicándose así incluso a los más ignorantes que la Silla de los Apóstoles estaba vacía y que todo lo que se hacía era sólo con carácter interino. La segunda medalla era la del gobernador...
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