La calle

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  • Publicado : 1 de diciembre de 2010
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Escondió el cuchillo y se hizo el disimulado. A veinte metros se acercaban las hermosas y largas piernas de “la Guajira”, seguidas de un Spirit negro, sin placas ni logotipos, tripulado por dos judiciales muy conocidos en ese primer cuadro de la Ciudad de México. “La Guajira” avanzaba con paso fastidiado, ya no le importaba parecer sensual, metida en ese minúsculo vestido verde que resaltaba susanchas caderas. Sabía que los policías buscaban que compartiera las ganancias o la mercancía. Ese era el precio para que la dejaran en paz. Ellos sabían que finalmente cedería y no perdían la calma. Mientras tanto, contemplaban su andar sorteando charcos entre el adoquín de la banqueta y el falso empedrado de la calle.

Pasaron junto a Gilberto y éste fingió calentarse las manos con el vaho dela boca. La noche era fría y la calle estaba solitaria. La lluvia ahuyenta a las personas, un punto a favor de Gilberto: no había testigos. Pero la lluvia jugaba en contra de “La Guajira”: tendría que soportar el asco de tener a un “tira” entre las piernas, gracias a que el mal tiempo había alejado a los posibles clientes. Ella se detuvo, el coche también, nadie dijo una palabra, todos sabían lasreglas del juego. “La Guajira” abrió la puerta de atrás y se recostó con las piernas abiertas; el agente, que fungía como copiloto se pasó al asiento trasero. Simplemente se bajó el cierre y se tiró sobre ella. El agente que conducía, se tuvo que bajar y cerrar la puerta e inmediatamente después manejar despacio para no incomodar a su compañero. Ninguno de los tres notó la presencia de Gilberto.Gilberto miró, por enésima vez, su reloj. Con un paliacate se limpio el sudor de frente y manos, después lo guardo, hecho bola, en la cintura de su pantalón. Encontró un lugar seco en la orilla de la banqueta, entre las defensas de dos coches desvalijados, ahí se sentó. Miró a ambos lados de la acera y sólo vio una rata que se detuvo en el quicio de una puerta; Gilberto le lanzó una piedra con laintención de asustarla y la rata entró en la vecindad que tenía enfrente. Gilberto se descubrió la pierna izquierda, de su calcetín extrajo una cartera. Nuevamente miró a su alrededor. A lo lejos escucho la sirena de una patrulla y, en alguna parte, en alguna fiesta quizá, se oía música de Rubén Blades. Revisó su cartera. Los filos de varios billetes grandes se asomaron. Gilberto sacó un boletode autobús y lo leyó. Tenía marcada la hora de las 0.45 y su reloj anunciaba las 11.30. Guardó su cartera donde estaba y volvió a sacar el cuchillo. Se movió entre los vehículos estacionados. Su espigada esbeltez le permitía adoptar los movimientos de un gato y de no ser por la playera blanca, que estrenaba esa noche, sería invisible en la oscuridad de la calle Zapata.

El frío de esa noche nuncase parecería al que sintió seis años antes, cuando él apenas cumplía los nueve y llegaba la Mercado Ampudia. Después de comer, durante cinco días, lo que recogía de la basura que tiraban los verduleros y fruteros de la nave mayor de La Merced, decidió aceptar el trabajo que le ofrecían para matar ratas por la noche. Las ratas son las peores enemigas de los dulceros “porque todo lo muerden y todolo cagan”, le había dicho Don Cipriano, el dueño del puesto. En la primera noche, esa de tanto frío, mató quince roedores. Tenía buen ojo y buena puntería con la resortera. Don Cipriano le perdonó que hubiera tomado algunas colaciones como parque, cuando se le agotaron las piedras. Las mató de las once de la noche a las cuatro de la mañana. Después de esa hora las ratas no salen porque se asustancon la gente que sale a trabajar. En la madrugada era muy intenso el frío y Don Cipriano le aconsejó que fuera un rato a “la casa del ciego”, un galerón con sesenta literas que un invidente rentaba a los limosneros, vagos y teporochos de la zona. El precio era de cinco pesos por cama y cobija y tenía que ser desocupada a las ocho de la mañana. Gilberto decidió no malgastar su poco dinero y...
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