La democracia de lefort

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La democracia de Lefort |
Jesús Silva-Herzog Márquez |
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Dos personas se combinan en el capitán, escribió Séneca. Una de ellas es igual a todos los pasajeros porque el capitán también es un pasajero. Pero la otra persona es distinta porque sólo él es el capitán. La responsabilidad le otorga privilegios y lo marca con exigencias. Una tormenta puede afectarlo como pasajero, pero nunca comopiloto. La imagen expresa la antigua noción del gobernante como personaje escindido: hombre y semidiós; cuerpo e institución. La idea cristalizaría en la doctrina medieval de los dos cuerpos del rey. El monarca era hombre y, como tal, sentía. Vivía las pasiones ordinarias, estornudaba, tropezaba. Pero como soberano no se enfermaba; era infalible e inmortal. Era la voz de la justicia, la palabrade la ley y daba su cara a la moneda. Ernst H. Kantorowicz escribió un libro clásico sobre esa pieza fascinante de la teología política: la ficción mística de los dos cuerpos del rey.1 Kantorowicz analizó documentos y disputas legales, tratados filosóficos, emblemas y dramas que dibujaban al monarca como un personaje doble. Un sujeto que, a pesar de tener todas las limitaciones físicas eintelectuales del hombre, era tratado como el depositario de la última razón, un ser ubicuo, incapaz de hacer el mal e, incluso, de pensarlo. En Shakespeare se encuentra una constante reflexión sobre los dilemas morales de esa superposición de cuerpos bajo la piel del monarca. Extraña divinidad la de los reyes, dice en Enrique V: su nacimiento es majestuoso, su vida flota sobre lo ordinario pero siguenatados a la tiranía de la respiración, como cualquier imbécil.
Claude Lefort se sintió cautivado por la riqueza de la alegoría medieval que Kantorowicz pulía en esa obra monumental publicada hace más de medio siglo. Tal fue la atracción que dedicó un seminario de un año a su estudio. La teología ponía la metáfora del cuerpo en el centro de la reflexión filosófica. En ese almacén de órganos seencontraba la clave que imprimía sentido al mundo. La boca de la ley, los brazos de la justicia, el puño del soberano. Toda interrogación desembocaba ahí para encontrar la respuesta, la solución definitiva: las categorías del tiempo y del espacio acopladas a una fisonomía; los linderos del bien y del mal trazados por la dicción inapelable, el contenido de la justicia manando de una garganta. El cuerpodel rey era visto como el punto donde convergen todos los rayos del poder. La ficción ofrecía a Lefort una ventana formidable para entender las representaciones fundamentales de lo político. Los emblemas de la monarquía no son, de este modo, simples blasones para decorar un edificio sino claves para descifrar el mundo, para acceder a un tiempo, para encontrar sitio. El interés de Lefort no era, porsupuesto, curiosidad de medievalista: era el compromiso de un filósofo político con su propio tiempo.

Visto a la luz del siglo XX, la vieja metáfora del cuerpo permitía enfocar las formas de la democracia y del totalitarismo: la textura de cada sociedad y el lugar de su poder. La democracia no significa la mudanza del poder de un cuerpo a otro. Podría pensarse que, si antes el poder se ubicabaen el cuerpo del monarca, ahora, en democracia, el poder se aloja en el cuerpo del Pueblo, o se instala en el Parlamento. Lefort rechaza enfáticamente esa idea de la transferencia: la democracia no traslada el poder de un sitio a otro, por más abierto que sea. La democracia desata el poder de cualquier sujeto y le niega domicilio. Es “el fin de un poder ligado a un cuerpo”. De ahí que la sociedaddemocrática sea aquella donde el conocimiento, el derecho y el poder están sometidos, constantemente, a una “indeterminación radical”. La fundación democrática no es una conquista. Es, de algún modo, una escisión: una separación de la ciencia, la ley y la fuerza. Cuando el poder aparece como un “lugar vacío”, la sociedad es el teatro de una aventura: “lo que se ve instituido no está nunca...
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