La educacion es cosa del corazon

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Razones del corazón. La educación del deseo - Adela Cortina |
’Reflexiones para la educación del nuevo siglo’ III Ciclo de conferencias Santillana para el ciclo de otoño 2000.1. ¿Qué nos falta?En el año 1896 un escritor inglés, H.G. Wells, puso sobre el tapete literario lo que sigue siendo el mayor problema de Occidente en la época del saber productivo, de la globalización, la Nueva Economía yel ciberespacio, en los umbrales del Tercer Milenio. El progreso técnico es indudable, hoy más todavía que a fines del siglo XIX, los conocimientos científicos han aumentado de forma inusitada tanto en extensión como en profundidad. Y, sin embargo, los seres humanos, que siguen empecinadamente queriendo ser felices, no parecen creerse las proclamas morales de su propia sociedad, sino que hay unextraño abismo entre los discursos y las actuaciones."Al menos 23 tripulantes sobrevivieron unas horas tras la explosión del submarino ’Kursk" -decían los titulares de los periódicos hace bien pocos días. Y añadían que, según una nota encontrada en el cadáver de uno de ellos -Koléshnikov-, hubiera sido posible salvarlos. ¿Por qué no se hizo? ¿Por qué día tras día las proclamas éticas de lospaíses occidentales no parecen conectar con el ser más profundo de sus ciudadanos, dirigentes y gentes de a pie?Encontrar una respuesta no es fácil pero, para intentarlo, imaginemos con Wells que llegamos a una isla, perdida en los mares. Imaginemos que encontramos en ella a un científico, por nombre Moreau, que emplea su tiempo en un misterioso experimento: trata de convertir animales en sereshumanos, acelerando el proceso de la evolución. Para lograrlo, debe modificar su anatomía y su fisiología mediante complicados injertos, pero sobre todo debe transformar su mente, y la fórmula que Moreau concibe a tal efecto consiste en reunir periódicamente a los "humanimales" y en "indoctrinarles" en la ley de la humanidad. Congregados los animales, un recitador de la ley va canturreando todas lasnormas de un presunto código humano y añade al cabo de cada una de ellas la persuasiva coletilla "¿acaso no somos hombres?". Un proceso de mentalización tan antiguo como actual, propio de lo que se ha llamado con acierto una "moral cerrada".El final de la novela es un auténtico desastre. Los presuntos seres humanos quitan la vida a Moreau y regresan a la selva de la que les obligó a salir, olvidandola ley y, con ella, su presunta humanidad. ¿Qué había ocurrido? ¿Por qué la ley de la humanidad no había calado en las mentes de los "humanimales"?Naturalmente, es posible aventurar respuestas diversas, pero importa dar con la más acertada porque en ello nos jugamos, en buena medida, nuestro futuro y el de la Tierra. El final de la historia puede ser, sin duda, un optimum, un pessimum, o ningunode ellos, pero que la historia recale en uno u otro puerto depende en gran medida de los seres humanos mismos y de los "hábitos de su corazón". Que no se dirigen tanto por leyes precisas, por normas estrictas, al estilo de Wells, sino por normas entendidas en un sentido mucho más laxo, como aquellas orientaciones comunes de la acción que nos permiten organizar conjuntamente la vida.En estesentido, en los últimos tiempos se oyen voces advirtiendo con acierto de que orientar el proceso de globalización hacia una mayor humanización requiere una "ética global", empeñada en aumentar la libertad, reducir las desigualdades, acrecentar la solidaridad, abrir caminos de diálogo, potenciar el respeto de unos seres humanos por otros y por la naturaleza, encarnar por fin ese ideal delcosmopolitismo, que hacer sentirse a todos los seres humanos en su polis, en su ciudad, nunca como inmigrantes molestos en casa ajena. Pero esas voces deberían también recordar que las éticas, por muy globales que se quieran, hunden sus raíces en los sujetos morales, en las personas, sin las que en realidad no hay historia. Son ellas las que han de asumir esas tareas como cosa propia, como cuestión de su...
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