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  • Publicado : 17 de febrero de 2012
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En memoria de Patricia Mary Riker, «Pat», querida amiga y maravillosa dama, con cariño

¿Dónde te escondes? ¿Quién yace bajo tu conjuro? «The Kashmiri Song», Letra de Laurence Hope, música de Amy Wookforde-Finden

Agradecimientos
Quizá la pregunta que me hacen más a menudo es: «¿De dónde saca las ideas?». La respuesta es simple. Leo un artículo en un periódico o en una revista, y por algúnmotivo lo retengo en la mente. Eso fue lo que pasó cuando leí sobre un joven que desapareció hace treinta y cinco años de su piso de estudiante, y todos los años más o menos telefonea a casa, negándose a dar ninguna información de por qué se fue o dónde está. Hoy su madre es una anciana que sigue esperando volver a verle algún día, antes de morir. Cuando una situación me intriga me planteo a mímisma tres cuestiones: «Supongamos que», «¿y si?» y «¿por qué?». Pienso: «Supongamos que un universitario de último curso desapareció hace diez años. ¿Y si telefoneara solo el día de la Madre? ¿Por qué desapareció?». Y luego todos los «supongamos que» y los «y si» y los «por qué» empiezan a dar vueltas en mi cerebro, y así empieza una nueva novela. Para mí escribir siempre es una aventuramaravillosa. Una aventura solitaria, por supuesto, por propia naturaleza. Afortunadamente, cuento con los sólidos consejos y con el estímulo de mi editor de siempre y amigo, Michael Korda, ayudado este año por la editora sénior Amanda Murray. Michael y Amanda, gracias de corazón. Stephen Marron, sargento retirado, y Richard Murphy, detective retirado, ambos del Departamento de Policía de Nueva York, son misespléndidos especialistas en sistema policial e investigación criminal. Bravo y gracias, Steve y Rich. Gipsy da Silva, directora asociada de revisión y corrección de textos, y yo llevamos trabajando juntas más de tres décadas. Gracias a ella, siempre, así como a Lisl Cade, mi publicista, a mi agente Sam Pinkus y a mis lectores «durante el proceso», Agnes Newton, Nadine Petry e Irene Clark. Misbendiciones, agradecimiento y amor eterno para el frente doméstico: John Conheeney, «cónyuge extraordinario», y a todos nuestros hijos y nietos. Somos realmente afortunados. Flores de primavera y montones de buenos deseos para vosotros, queridos lectores. Espero que disfrutéis leyendo esta historia tanto como yo he disfrutado escribiéndola. ¿A la misma hora el próximo año? Podéis apostar.

1
Esjusto medianoche, lo cual significa que el día de la Madre acaba de empezar. Me he quedado a pasar la noche con mi madre en el piso de Sutton Place donde crecí. Ella está abajo, en la salita de su habitación, y juntas cumplimos con la costumbre del día. La misma que seguíamos todos los años desde que hace diez mi hermano Charles Mackenzie hijo, «Mack», desapareció del apartamento que compartía conotros dos estudiantes de último curso de la Universidad de Columbia. Nadie le ha vuelto a ver desde entonces. Pero todos los años, el día de la Madre, en algún momento telefonea para tranquilizar a mamá y decirle que está bien. «No te preocupes por mí le dice. Cualquier día de estos meteré la llave en la cerradura y entraré en casa.» Luego cuelga. Nunca sabemos en qué momento de esas veinticuatrohoras llegará esa llamada. El año pasado, Mack llamó pocos minutos después de medianoche, y nuestra vigilia terminó casi sin empezar. Hace dos años esperó hasta el último segundo para telefonear; mamá creyó que ese débil contacto con él se había acabado y se angustió muchísimo. Mack tiene que haberse enterado de que mi padre murió en la tragedia de las Torres Gemelas. Yo estaba segura de que,cualquier cosa que estuviera haciendo, aquel día terrible le obligaría a volver a casa. Pero no fue así. Después, durante su siguiente llamada anual del día de la Madre, Mack se echó a llorar y dijo con voz vacilante: «Siento lo de papá. Lo siento de veras», y cortó la comunicación. Soy Carolyn. Yo tenía dieciséis años cuando Mack desapareció. Seguí sus pasos y fui a Columbia. Al contrario que él,...
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