Mar de historias

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  • Publicado : 4 de diciembre de 2011
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Abrí la puerta de mi nueva casa. Los inquilinos anteriores habían tenido que mudarse de prisa a una ciudad de provincia. No me extrañó que por todas partes hubieran dejado papeles, lazos, prendas dispares y una maleta negra. Aunque despertó mi curiosidad, no era el momento de abrirla. Por la tarde llegaría el camión con mis muebles y para esa hora necesitaba tenerlo todo despejado.

Me acerquéa la ventana. La vista de la barranca con sus intrincados follajes me pareció un buen augurio. Pensé en que cuando necesitara mudarme otra vez añoraría ese paisaje sobreviviente en medio de una ciudad insaciable y ávida de espacios verdes.

Empecé a recorrer las habitaciones. Mis pasos adquirían el eco triste con que siempre resuenan en las casas que han permanecido deshabitadas. Para no oírlosregresé a la sala y abrí la caja en donde tenía lo necesario para sobrevivir durante las horas de soledad antes de que llegara mi esposo con la mudanza: un radio y una cafetera. La música y después el olor del café me hicieron sentir por vez primera dueña de la casa.

Durante aquella mañana interrumpió mi trabajo la aparición de mis nuevos vecinos para ofrecerme su ayuda. El último en llegar, elcolono más antiguo, me explicó que mucho tiempo atrás los terrenos en donde ahora se encontraba nuestro condominio horizontal habían pertenecido a un bosque con un zoológico.

Agradecí las visitas, pero en el fondo deseaba estar sola para disfrutar por adelantado del aspecto que tendrían las habitaciones con mis muebles y sin aquella maleta negra que, a mitad de la sala, parecía olvidada en unaestación pueblerina. Decidí tirarla, pero antes quise ver su contenido. Tenía la infantil esperanza de encontrar documentos misteriosos, cartas, fotos, pero sólo aparecieron un zapato, una rasuradora inservible y un cuaderno forrado con papel azul descolorido.

Lo abrí. En la primera hoja estaba escrita una fecha: junio de l944. En la siguiente un titulo: “El bosque de los libros”. A partir dela tercera, todas las hojas se hallaban invadidas por una escritura muy fina y legible que me invitó a la lectura.

II

“Aquel viernes, como siempre, me despertó la alharaca de mis compañeros. Eso y los silbidos de Ponciano auguraban un día como todos. En medio de la normalidad me sorprendieron los gritos de Tulio: ‘Margarito, Ponciano: recuerden que hoy deben adelantar los horarios de comiday hacer limpieza general por la tarde’. Margarito protestó con su voz gangosa. Ponciano emitió un silbido tan grande como su disgusto.

“No fui el único extrañado por el cambio de rutinas. Desde sus respectivas ventanas, Clara, Lucas, Chuin-Lo y Zoila me preguntaban qué estaría sucediendo. Les pedí calma y silencio para poder oír lo que Margarito le decía a su esposa que acababa de llegar abuscarlo: ‘Mañana es la inauguración de la biblioteca. Asistirán personas muy distinguidas, entre ellas los benefactores. Tulio quiere que lo encuentren todo en orden y que la población luzca presentable. Tendré mucho trabajo. Mejor no me esperes’. La esposa nos miró burlona: ‘No me digas que éstos también están invitados’. Margarito soltó una carcajada: ‘No, ¿cómo crees? ¡Qué saben de libros estosanimales!’

“Me ofendió mucho que Margarito se refiriera a nosotros con ese término –animales– cuando siempre nos menciona por nuestros nombres (Demóstenes, Clara, Lucas, Chuin-Lo, Darwin, Zoila…). Más me disgustó que nos creyera incapaces de disfrutar de los libros. Si mis compañeros no lo habían hecho era porque nadie, jamás, les acercó uno. En ese sentido soy el más afortunado: durante eltiempo en que viví con los benedictinos pude ver muchos libros, aunque por supuesto sólo desde el campanario.

“En cuanto Margarito se alejó, Clara (que me supone un sabelotodo) me preguntó qué significaba la palabra biblioteca. Basado en mi experiencia con los benedictinos se lo dije: ‘Cuartos con muchas hileras de libros bien formaditos’. Lucas, el más curioso de nosotros, quiso que le explicara...
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