Memoria de mis tristes putas

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una plumada:
No hay un anciano que olvide dónde escondió su tesoro.
Con esas reflexiones, y otras varias, había terminado un primer borrador de la nota
cuando el sol de agosto estalló entre los almendros del parque y el buque fluvial del
correo, retrasado una semana por la sequía, entró bramando en el canal del puerto.
Pensé: Ahí llegan mis noventa años. Nunca sabré por qué, ni lo pretendo,pero fue al
conjuro de aquella evocación arrasadora cuando decidí llamar por teléfono a Rosa
Cabarcas para que me ayudara a honorar mi aniversario con una noche libertina.
Llevaba años de santa paz con mi cuerpo, dedicado a la relectura errática de mis
clásicos y a mis programas privados de música culta, pero el deseo de aquel día fue
tan apremiante que me pareció un recado de Dios. Despuésde la llamada no pude
seguir escribiendo. Colgué la hamaca en un recodo de la biblioteca donde no da el
sol por la mañana, y me tumbé con el pecho oprimido por la ansiedad de la espera.
Memorias de mis putas tristes 8
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Había sido un niño consentido con una mamá de dones múltiples, aniquilada por la
tisisa los cincuenta años, y con un papá formalista al que nunca se le conoció un
error, y amaneció muerto en su cama de viudo el día en que se firmó el tratado de
Neerlandia, que puso término a la guerra de los Mil Días y a las tantas guerras
civiles del siglo anterior. La paz cambió la ciudad en un sentido que no se previo ni
se quería. Una muchedumbre de mujeres libres enriquecieron hasta eldelirio las
viejas cantinas de la calle Ancha, que fuera después el camellón Abello y ahora es el
paseo Colón, en esta ciudad de mi alma tan apreciada de propios y ajenos por la
buena índole de su gente y la pureza de su luz.
Nunca me he acostado con ninguna mujer sin pagarle, y a las pocas que no eran del
oficio las convencí por la razón o por la fuerza de que recibieran la plata aunque
fuerapara botarla en la basura. Por mis veinte años empecé a llevar un registro con
el nombre, la edad, el lugar, y un breve recordatorio de las circunstancias y el estilo.
Hasta los cincuenta años eran quinientas catorce mujeres con las cuales había
estado por lo menos una vez. Interrumpí la lista cuando ya el cuerpo no me dio para
tantas y podía seguir las cuentas sin papel. Tenía mi éticapropia. Nunca participé en
parrandas de grupo ni en contubernios públicos, ni compartí secretos ni conté una
aventura del cuerpo o del alma, pues desde joven me di cuenta de que ninguna es
impune.
La única relación extraña fue la que mantuve durante años con la fiel Damiana. Era
casi una niña, aindiada, fuerte y montaraz, de palabras breves y terminantes, que se
movía descalza para no disturbarmemientras escribía. Recuerdo que yo estaba
leyendo La lozana andaluza en la hamaca del corredor, y la vi por casualidad
inclinada en el lavadero con una pollera tan corta que dejaba al descubierto sus
corvas suculentas. Presa de una fiebre irresistible se la levanté por detrás, le bajé
las mutandas hasta las rodillas y la embestí en reversa. Ay, señor, dijo ella, con un
quejido lúgubre, esono se hizo para entrar sino para salir. Un temblor profundo le
estremeció el cuerpo, pero se mantuvo firme. Humillado por haberla humillado quise
pagarle el doble de lo que costaban las más caras de entonces, pero no aceptó ni un
ochavo, y tuve que aumentarle el sueldo con el cálculo de una monta al mes,
siempre mientras lavaba la ropa y siempre en sentido contrario.
Alguna vez pensé queaquellas cuentas de camas serían un buen sustento para una
relación de las miserias de mi vida extraviada, y el título me cayó el cielo: Memoria
de mis putas tristes. Mi vida pública, en cambio, carecía de interés: huérfano de
padre y madre, soltero sin porvenir, periodista mediocre cuatro veces finalista en los
Juegos Florales de Cartagena de Indias y favorito de los caricaturistas por mi...
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