Metal del diablo

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historia es que el Rey del Estaño regresó a Bolivia. Ausente de su tierra natal las últimas cuatro décadas de su vida, no dejó de cumplir una vieja promesa y regresó a sus 89 años de edad, vestido de smoking, cuello duro, corbata negra, la conde­coración de Gregorio VII, maquillado con un lige­ro tinte rosa en los pómulos y los labios. Y embal­samado.

Retornó triunfante a sellar con sus restosin­mortales el aplastamiento de la Revolución Na­cional abatida el año anterior por alborozados tu­multos de la Democracia restaurada entre banderas norteamericanas, damas hemófilas y el sanguina­rio entusiasmo de una banda anónima que inva­dió el Palacio presidencial, acuchilló al Presidente Villarroel y le arrojó por un balcón sobre la muche­dumbre que arrancándole el saco, la camisa, lospantalones, los calzoncillos y los zapatos le arras­tró hasta colgarle en un farol poniéndole un man­dil a manera de taparrabos.

Hechos no palabras. El comentario del señor Patiño a tal acto de purificación consistió en orde­nar desde Buenos Aires a su banco en La Paz que obsequiara un millón de pesos (20.000 dólares) al heroico pueblo que de ese modo le desagraviara."

Sus últimos años los habíavivido en hoteles. Desde que huyó de Francia en 1940 en la torre del Waldorf Astoria de New York. Y concluida la guerra en un departamento del Plaza de Buenos Aires, ciudad a la que se trasladó en barco porque nunca confió en la estabilidad invisible del aire. También por temor a pleitos potenciales de la servidumbre doméstica abandonó sus mansiones ducales y se hizo pensionado de hoteles. Losmé­dicos, ellos sí, vencieron su natural desconfianza conservando su existencia de mogul sagrado hasta los 89 años en que murió, huésped de lujo, en el Plaza.

Como último domicilio Patiño había elegido el mausoleo del castillo que mandó construir al estilo del siglo XVIII francés en las faldas del Tunari, y que nunca conoció. Regresó cerrado en un cilindro metálico, metido en un sarcófago faraónicode maderas preciosas, talladas con incrustaciones de marfil y manijas de plata, una superproducción única de los funebreros de la avenida Santa Fe que, posteriormente, pasaron a la familia tal factura que ésta les hizo pleito ante los Tribunales.

Patiño no descansó un momento. Del Plaza al necrocomio para la desecación científica; a las ofi­cinas de la Embajada boliviana para el velorio; a lamisa pontifical en San Nicolás de Bari; a la estación del ferrocarril, seguido por miembros de la familia real, abogados, gerentes y el embajador de Bolivia. Embarcado en una bodega sellada atravesó la pampa hacia el Norte, subió por la quebrada, en dos días alcanzó el altiplano, atravesó la frontera.

Dentro del territorio boliviano las autoridades ci­viles y militares formaban en lasestaciones, solíci­tas ante los ilustres huéspedes que cumplían un penoso peregrinaje, progresivamente fatigoso por las deficiencias del lavabo deshidratado, del coche­comedor subdesarrollado y con mozos mugrientos. En Oruro ya no quedaba nadie de los antiguos conocidos. Los sindicatos de obreros habían sido disueltos, pero en cambio se incorporaron al cor­tejo el Presidente de la República —grato a lafi­nanciación estañífera de su campaña electoral— y los ministros de Estado con lágrimas en los ojos.

El tren fúnebre descendió al valle y llegó a Cochabamba. En la gran concentración de la esta­ción del ferrocarril sólo unos universitarios antisociales lanzaron gritos de protesta y echaron volantes, pero fueron corridos por la gente indig­nada. "Es el colmo. No respetan ni la muerte." Ningúncochabambino pudo conocer personal­mente al prócer por prohibírselo el doble envase cuyo hermetismo daba a entender que don Simón, misántropo en vida, seguía eludiendo en muerte la curiosidad de sus paisanos. Pudieron admirar únicamente la ebanistería del embalaje, sus argentíferos manubrios, las pirámides de coronas, la pompa incrustada entre las deficiencias lugare­ñas como la del desintegrado...
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