Novela

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  • Publicado : 21 de septiembre de 2010
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Pilar Marie Sandoval y Serna sabía que lo que estaba a punto de hacer era una locura. Encontrarse con el famoso bandido El León, el león de las colinas de Andalucía -por casualidad y a plena luz del día-, era de por sí peligroso, invitarlo a reunirse con ella a medianoche en un oscuro patio suponía dejar su honor e incluso la vida en sus manos. No obstante, el peligro no le importaba. En algunasocasiones merecía la pena correr el riesgo.
Pilar apretó el mantón contra su cuerpo mientras recorría de arriba abajo el patio embaldosado. La noche era fría, algo común a fines de diciembre en Sevilla. Ese frío era, naturalmente, la única razón para los temblores que la sacudían. ¿Por qué debía temer a El León? Su padrastro, don Esteban, era mucho más despreciable, un demonio con formahumana; sin embargo, no temblaba cuando se enfrentaba a él. Éste pensaba que la había derrotado, pero ella le demostraría lo contrario. Por supuesto que lo haría.
Era una noche tranquila. De las calles de la ciudad, sólo llegaba el crujido ocasional de un carruaje que pasaba y el murmullo de los últimos noctámbulos que regresaban a sus casas. En algún lugar lejano ladraba un perro. Más cerca, quizása tres o cuatro casas de distancia, un enamorado hacía sonar su guitarra y entonaba una vieja tonada andaluza a modo de serenata para su dama. La música era confusa, la voz baja y profunda, enriquecida por una ahogada melancolía. La luz de la luna brillaba en el patio cerrado, filtrándose a través de las ramas del jacarandá y formando profundos charcos de sombra bajo los naranjos de hojaslustrosas. Atrapaba el agua arrojada por la fuente de piedra y convertía las gotas salpicadas en piedras lunares líquidas. Trazaba el complejo dibujo de las baldosas moriscas del piso y empalidecía el color rosado de los geranios en macetas adheridas a las paredes. Bajo su luz, el cabello color de miel de Pilar adquiría tonos dorados; sus pómulos se cubrían de un brillo perlado y sus cálidos ojosmarrón-chocolate revelaban profundidades más que misteriosas.
Pilar disminuyó el ritmo de sus pasos. Se detuvo para escuchar la serenata distante. Había algo en ella o en la voz del cantor, que provocaba una cierta resonancia en lo más profundo de su ser. No. Era una sensación que no deseaba en este momento, pero tampoco podía evitarla. Se veía transportada a un estado de ternura y desesperacióncercano a las lágrimas. Sentía que conocía el dolor del hombre que entonaba la serenata, pero también que él entendía y compartía el suyo. En cierto modo, le ayudaba a mitigar su aprensión.
La canción terminó. Las últimas notas de la guitarra se desvanecieron, y el silencio volvió a reinar.
Pilar sacudió la cabeza como si quisiera deshacerse de la peculiar fantasía de la luz de la luna. Rechazóese brillante resplandor, y se refugió en las sombras de la galería de la casa. No debía ser vista desde el interior. Su padrastro estaba en una cena oficial y su dama de compañía todavía estaba levantada, trabajando en su bordado. La dama de compañía, una hermana de don Esteban que le tenía terror, pensaba que Pilar estaba durmiendo tranquilamente. Y debía seguir pensando así.
¿Dónde estaba ElLeón? ¿Habría recibido su mensaje?
Quizá no; había tenido muy poco tiempo para entregarlo y ninguna oportunidad de repetirlo. Demasiada suerte había tenido al haber aprovechado la ocasión que se le presentó. Ahora necesitaba otro milagro: que El León respondiera a sus súplicas. Bien podía haber decidido no hacerlo. Sería tan peligroso para él presentarse en la casa de don Esteban lturbide comopara ella ir a buscarlo. Su padrastro lo mataría al instante, como podría hacerlo con un perro abandonado.
Un suave murmullo llegó desde una palmera de la esquina del jardín. Pilar se detuvo, rígida. Aguzó sus ojos en la oscuridad con todos sus sentidos alertas para percibir algún otro ruido. No escuchó nada. Debía de haber sido el viento, o algún pájaro perturbado en su descanso.
Aspiró...
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