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CONTINUACIÓN DE CAPITULO II.

La súbita irrupción de Elósegui bajo el dintel de la puerta produjo un instante de confusión. El soldado que y va adelante temiéndose una emboscada se pegó a la pared del edificio. Los otros saltaron del automóvil con la celeridad del rayo y se desplegaron en forma de abanico después de amartillar sus armas.
-No teman- dijo Martín-No hay ningún otro.
Hablaba convoz tranquila, sin bajar las manos, y sus palabras tuvieron el efecto de devolver la calma a todos.
-La escuela está vacía – repitió-. Hace más de seis horas que sus habitantes la evacuaron.
El suboficial era un hombre pequeño, de piel como de terracota, con un bigote rubio cortado en forma de cepillo y unos ojos brillantes y taimados. Al descender de la motocicleta dirigió una mirada al balcónen que ondeaba la bandera republicana.
-¿Han encontrado a los chavales? – preguntó
-Están por ahí sueltos – repuso Martín -. Esta mañana el suboficial de la batería me dijo que esperaba un camión para llevárselos; pero, por lo visto, no se ha presentado.
El sargento se aproximó con desgana y comenzó a cachearle.
-No llevo nada – dijo Elósegui. Dejo que lo registraran pacientemente.
-Estábien. Baja las manos.
-Mis compañeros salieron a las ocho –explicó Elósegui- Hemos pasado la noche en vela. El suboficial quería llevarnos a todos, pero yo me aparté de ellos al amanecer. Me quedé en el bosque, camuflado…
-¿Cuántos eran? – preguntó el sargento.
-siete. Ocho con el suboficial. Todos pertenecíamos a la misma batería.
-¿Y los otros? ¿Se fueron?
-Eso creo. A menos que se hayanescondido también. En este caso, no creo que anden lejos.
-¿Estábais encargados de la vigilancia de los niños?
La mayoría de los chiquillos refugiados procedían de Irún
-¿Quién vigilaba a los chiquillos? – preguntó entonces.

-Los del Socorro pusieron un profesor al frente de la escuela- repuso Martín-. Pero no sé dónde diablos puede estar metido.
-¿Dices que los niños andan sueltos?
-Sí, misargento. No hace aún una hora los vi correr por ahí
-¿En qué dirección marchaban?
-Hacia el norte.
-Deberían enviar una patrulla –dijo un cabo-. El terreno está sembrado de granadas y podría ocurrir una desgracia.
-Ve tú mismo a pedir instrucciones al teniente –repuso el sargento.
En cuanto a ti –dijo a Elósegui -, acompáñame: tengo que hablarte. Le tomó del brazo y lo llevó a un banco demadera, El sargento sacó de su camisa una petaca de cuero y ofreció tabaco a Elósegui.
-¿Quieres?
-Muchas gracias.
Le tendió fuego, por unos segundos.
-Hay un niño muerto ahí dentro –dijo Martín
-¿Un niño … muerto? –preguntó.
-¿Le conoces? –dijo con voz ronca.
-Se llamaba Abel –repuso- y era amigo de los niños refugiados.
-Yo- soy el padre de uno de ellos; de Santos, Emilio Santos…
-Un niñorubio, de ojos castaños, con una gran cicatriz en la pierna y al andar cojea un poco…
-No logro recordar en este momento – dijo
-Es de Eibar – dijo el sargento – y tiene ahora cerca de once años. Ocho tenía cuando se escapó de casa; habían muerto los padres de un amigo suyo y se fue con él, fingiendo que eran hermanos…
-Mi sargento, mi sargento –exclamó -. Hay un niño muerto en la sala, conuna herida en la sien; lo dijo de modo dramático.
-Lo sabemos, muchacho, lo sabemos –dijo Santos-. Ve adentro y continúa registrando.
Hacia la carretera, cada vez más lejano, se oía el tableteo de las ametralladoras. Tenía una cicatriz rosadas a todo lo largo del cuello y a Elósegui le asaltó la sospecha de que el movimiento estaba destinado a atraer la atención sobre la misma.
Aquella mañana,el alférez Fenosa había puesto en fuga a toda una compañía. Las balas silbaban alrededor, pero él continuaba, ¡pim, pan!, tan tranquilo, adelante. Fue entonces cuando los tipos quisieron huir. Primero uno y luego los demás: el tirador y los proveedores. Yo quería apuntar contra ellos, pero el alférez nos gritaba: “¡Eh, dejádmelos, de esos me encargo yo!” Y, ¡pag! Las balas se hundían en los tipos...
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