Succubus blues(georgina kincaid 1) - richelle mead

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CANTOS DE SÚCUBO

Richelle Mead

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Capítulo 1

Las estadísticas demuestran que la mayoría de los mortales venden su alma por cinco motivos: sexo, dinero, poder, venganza y amor. En ese orden.
Supongo que debería tranquilizarme, entonces, el hecho de estar aquí para ayudar con el «número uno», pero lo cierto era que toda esta situación me hacía sentir sencillamente...en fin, sucia. Y viniendo de mí, eso no era moco de pavo.
A lo mejor es tan sólo que ya no logro sentirme identificada, reflexioné. Ha pasado mucho tiempo. Cuando era virgen, la gente todavía creía que los cisnes podían dejar embarazadas a las chicas.
No muy lejos, Hugh esperaba pacientemente a que yo venciera mi reticencia. Metió las manos en los bolsillos de sus pantalones kakis,impecablemente planchados, con el cuerpo fornido apoyado en su Lexus.
—No entiendo por qué le das tantas vueltas. Si esto es el pan tuyo de cada día.
No era exactamente verdad, pero los dos sabíamos lo que quería decir. Hice oídos sordos a sus palabras y fingí estudiar los alrededores, sin que eso contribuyera a levantarme el ánimo. Los suburbios siempre me deprimían. Todas las casasidénticas. Los céspedes perfectos. Demasiados utilitarios deportivos. En alguna parte, un perro se negaba a dejar de ladrarle a la luna.
—«Esto» no es el pan mío de cada día —dije al final—. Hasta yo tengo valores.
Hugh resopló, expresando así la opinión que le merecían mis valores.
—De acuerdo, si así te sientes mejor, no pienses en esto en términos de condena. Considéralo unaobra de caridad.
— ¿Una obra de caridad?
—Claro.
Sacó su Pocket PC y adoptó un aire de pulcro hombre de negocios, pese a lo poco apropiado del escenario. No sé de qué me extrañaba. Hugh era un diablillo profesional, especializado en conseguir que los mortales le vendieran sus almas, un experto en contratos y triquiñuelas legales con la capacidad de hacer que cualquier abogadose pusiera verde de envidia.
También era mi amigo. Le daba un nuevo significado al dicho de «con amigos como éstos...».
—Presta atención a los datos —continuó—. Martin Miller. Varón, por supuesto. Caucásico. Luterano no practicante. Trabaja en una tienda de juegos del centro comercial. Vive en el sótano aquí... en la casa de sus padres.
—Jesús.
—Te avisé.
—Conobra de caridad o sin ella, me sigue pareciendo algo... exagerado. ¿Cuántos años dices que tiene?
—Treinta y cuatro.
—Caray.
—Exacto. Si tú tuvieras esa edad y no lo hubieras hecho nunca, a lo mejor también tomarías medidas desesperadas —consultó su reloj de reojo—. Bueno, ¿lo vas a hacer o no? —sin duda por mi culpa Hugh llegaba tarde a su cita con alguna tía despampanante conla mitad de años que él; con lo que me refiero, naturalmente, a la edad que aparentaba. En realidad iba ya para el siglo.
Dejé mi bolso en el suelo y le lancé una mirada de advertencia.
—Me debes una.
—Hecho —reconoció. Esta clase de encargos no eran corrientes, gracias al cielo. El diablillo normalmente «subcontrataba» este tipo de cosas, pero esta noche había tropezado conalgún problema de horarios. No lograba imaginarme quiénes se encargarían habitualmente de esto.
Empecé a caminar hacia la casa, pero me detuvo.
— ¿Georgina?
— ¿Sí?
—Hay... otra cosa...
Me di la vuelta, sin que me gustara el tono de su voz.
— ¿Sí?
—El caso es que, en fin, que ha pedido algo especial.
Enarqué una ceja y me quedé esperando.—Verás, eh, está muy metido en todo este tema de, esto, del ocultismo. Ya sabes, opina que puesto que le ha vendido el alma al diablo... por así decirlo... debería perder la virginidad con, qué sé yo, con un demonio o algo.
Juro que hasta el perro dejó de ladrar después de aquello.
—Me tomas el pelo.
Hugh no respondió.
—Yo no soy ningún... no. De ninguna manera...
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