Una mesa de tres patas

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UNA MESA DE TRES PATAS

—Sí. Está —solo atinó a decir Liliana (la hija de Urbana), tras abrir la puerta, toparse con la presencia de la supuesta bruja y escuchar que ésta, preguntaba por su madre. Después, volvió a cerrar la puerta de calle, desandó el pasillo largo y le avisó a Urbana que doña Emma estaba preguntando por ella. Urbana que cosía detuvo en el aire una puntada, dejó sobre la mesael costurero, se puso de pie arreglándose un poco el cabello y, con rostro severo, se fue hacia la puerta sin articular palabra.
—¿La hiciste entrar? —preguntó a Liliana,
—¡No! —deslindó responsabilidades su hija, entre alarmada y divertida.
Urbana fue hasta la puerta, la abrió nuevamente y se asomó un poco, dando a entender a su visitante (cruzada de brazos para ceñir aun más el saquito verdede lana a esa hora fresca del atardecer, preanuncio de una noche fría) que no iba a perder demasiado tiempo en atenderla.
—¿Sí? —
—Buenas noches, señora —sonó, cordial, doña Emma—. Quisiera hablar un par de
palabritas con usted.
—Dígame.
Urbana no había abierto ni un centímetro más la puerta de calle.
una suerte de pulseada de voluntades en torno al definitorio acto de entrar o hablar en lacalle.
—Es con respecto a su marido, don Ítalo —aportó, por fin, doña Emma,
—Mi marido murió. Murió hace dos meses —cortó Urbana.MARCANDO TERRITORRIO.
—Ya sé, ya sé. Por supuesto que lo sé...
—¿Entonces?
—Es otra cosa.
—Vea, señora —Urbana tomó aire, como alentando un tono de mayor severidad—.
Entonces, si lo sabe, no hay mucho que hablar. No quiero entrar en ningún tipo de
comentarios conrespecto a mi marido, que ya ha muerto y que Dios lo tenga en su santa gloria.
—No es eso. Ocurre que...
—Yo conozco muy bien las cosas que suelen tejerse después de que muere alguien. Y las cosas que suelen comentarse en el barrio a espaldas de los fallecidos. Recuerdo perfectamente lo que ocurrió después de la muerte del señor Acosta —el de la ferretería— que al día siguiente de su muerteempezaron a correrse bolazos y estupideces de que tenía otra
mujer y que andaba con cuanta chirusa se le cruzaba por el camino. ¡Al día siguiente de haberse muerto! O cuando murió Bevacqua —el de la casa de electricidad— que se empezó a decir que le debía plata a Dios y María Santísima...
Doña Emma la miraba, meneando levemente la cabeza, paciente, si se quiere.
—Por eso —continuó Urbana,lanzada—. Como sé muy bien que Ítalo nunca tuvo una relación muy cercana que digamos con usted ni con nadie de su familia, es que no puedo imaginarme cómo algo que usted venga a contarme pueda serme útil, cierto o interesante...
Emma seguía negando con la cabeza. Esperando con abnegación que Urbana terminara.
—No es nada de eso —dijo luego, cuando se cercioró que Urbana le daba cierto espacio paracontestarle.
—¿Qué es, entonces?
—Hace una hora, en una mesa de espiritismo donde estábamos invocando a Ceferino Namuncurá, se hizo presente la voz de su señor marido don Ítalo, y me pidió expresamente que viniera a decirle algo.
URBANA CAE DESMAYADA.

APAGON.

Sentada en uno de los sillones del living Urbana sostenía con una
mano la taza de té que le había traído Liliana, mientras con la otramano se oprimía levemente
el pecho Y ERA ABANICADA POR SU HIJA. No había recuperado aún el ritmo normal de su respiración.

—Reconocí enseguida la voz de su marido, señora —decía doña Emma—. No solo
porque la había escuchado mil veces en el almacén de don Julio, discutiendo de fútbol con él, sino porque la voz, apenas comenzó a oírse sobre nuestra mesa, se presentó, muy educadamente, y nos dijo"Soy Ítalo Galotto, el vecino de la calle Pasco, el papá de Liliana".
Usted decía muy bien: es cierto, yo no tuve trato directo con su señor esposo. Pero lo escuché muchas veces en el almacén y no tengo dudas de que la voz era la de él.
—¿Qué más le dijo? —tomó intervención Liliana,
—Nos dijo que necesitaba comunicarse de inmediato con alguna de ustedes. Que yo
disculpara la molestia. Que...
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