Vida y doctrina de los grandes economistas capitulo vi el mundo inexorable de carlos marx robert l. heilbroner

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  • Publicado : 7 de noviembre de 2011
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El manifiesto empezaba con estas ominosas palabras: «Un espectro se cierne sobre Europa: el espectro del comunismo. Contra este espectro se han conjurado en santa jauría todas las potencias de la vieja Europa, el Papa y el zar, Metternich y Guizot, los radicales franceses y los polizontes alemanes.»

El espectro existía, sin duda alguna. El año 1848 fue un año de terror para el viejo ordenestablecido en el Continente. El aire vibraba de fervor revolucionario y el suelo se estremecía bajo los pies. Por un instante - un breve instante - se creyó posible que el viejo orden se derrumbase. En Francia, el mal engrasado régimen de Luis Felipe, majestuoso rey de la burguesía, forcejeaba con una crisis, y al fin se vino abajo; el rey abdicó y huyó para buscar su seguridad en una quinta deSurrey, los trabajadores de París se alzaron en un levantamiento carente de coordinación e izaron la bandera roja en la Casa Consistorial. En Bélgica el aterrado monarca ofreció renunciar al trono. En Berlín se levantaron barricadas y silbaron las balas; en Italia las multitudes se amotinaron, y en Praga y Viena los alzamientos populares imitaron al de París, haciéndose con el control de las ciudades.«Los comunistas no tienen por qué guardar encubiertas sus ideas e intenciones,» clamaba el Manifiesto. «Abiertamente declaran que sus objetivos sólo pueden alcanzarse derrocando por la violencia todo el orden social existente. Tiemblen, si quieren, las clases gobernantes, ante la perspectiva de una revolución comunista. Los proletarios, con ella, no tienen nada que perder, como no sea suscadenas. Tienen, en cambio, un mundo entero que ganar.»

Las clases rectoras temblaron y vieron la amenaza del comunismo por todas partes. No carecían de base sus temores. Los obreros de las fundiciones francesas cantaban himnos revolucionarios al compás de los golpes de sus mandarrias.

Enrique Heine, el romántico poeta alemán que por aquel entonces realizaba una gira por las fábricas,informaba que «realmente las gentes de nuestra buena sociedad no pueden imaginarse la nota demoníaca que vibra en todas esas canciones.»

Sin embargo, a pesar de la clarinada de las palabras del Manifiesto, las notas demoníacas no eran un toque de llamada a una revolución comunista; eran un grito nacido de la frustración y de la desesperación. Porque toda Europa se encontraba en las garras de unareacción que, comparada con la situación que reinaba en Inglaterra, hacía aparecer a ésta como un auténtico idilio. John Stuart Mill había calificado al Gobierno francés de «carente en absoluto de todo espíritu de mejoramiento y... forjado casi exclusivamente por los impulsos más ruines y egoístas del linaje humano»; y los franceses no tenían el monopolio de estos títulos a la fama. Por lo querespecta a Alemania, ya avanzada la cuarta década del siglo XIX, Prusia aún no tenía Parlamento, se carecía de libertad de palabra y del derecho de reunión, no existía libertad de Prensa ni juicio por jurados, ni se toleraba idea alguna que se desviase, ni en el grueso de un cabello, del rancio concepto del derecho divino de los reyes. Italia era un país fragmentado en anacrónicos principados. La Rusiade Nicolás I (a pesar de la visita que el zar había hecho a las instituciones de New Lanark, de Robert Owen) fue calificada por el historiador De Tocqueville de «piedra angular del despotismo en Europa.»

Si la desesperación hubiese sido canalizada y dirigida, quizá las notas demoníacas hubieran adquirido un timbre auténticamente revolucionario. Pero las sublevaciones fueron espontáneas,indisciplinadas y a la ventura; lograron victorias iniciales, pero luego no supieron qué hacer con ellas, y el orden viejo revolucionario menguó y, donde no ocurrió así, fue aplastado de manera implacable. Las muchedumbres alborotadas de París fueron sometidas por la Guardia Nacional, al precio de diez mil bajas. Luis Napoleón se hizo cargo del gobierno del país, y no tardó en cambiar la Segunda...
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