A la baja

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A la baja
Mar de Historias
Cristina Pacheco

Este mes cumplo 25 años de trabajar aquí. He pasado más tiempo en el salón de belleza que en mi casa. Muchas de mis clientas se han convertido en mis amigas. Me cuentan su vida y me hablan de sus problemas como si fuéramos de la familia. A veces no les basta con saberse escuchadas: quieren mi opinión. Cuando me siento incapaz de decirles algo queen verdad las ayude, les recomiendo que hablen con un especialista.
En otro tiempo algunas aceptaron mi sugerencia; ahora no lo hace ninguna. La situación económica está cada día más difícil. El dinero no alcanza para cubrir los gastos indispensables y sumarle uno más al presupuesto diario sería contraproducente. Entiendo estas razones, pero hay casos en los que más vale acudir con un siquiatra.Si yo estuviera en las circunstancias de Verónica, lo haría.
No me dijo que andaba en problemas, pero hace tiempo lo adiviné por la calidad de su cabello. En las mujeres es como un termómetro: se nos reseca, se nos vuelve quebradizo, se nos dificulta peinarlo y hasta se nos cae si estamos muy estresadas o tenemos muchas preocupaciones.
Cuando noté el cambio no le pedí a Verónica explicaciones,sólo le recomendé unos tratamientos. Lo único que me falta es quedarme calva, dijo, y se soltó llorando. Le pregunté qué le pasaba. No sé. A todas horas siento ganas de llorar. A veces se me salen las lágrimas sin darme cuenta. Mis compañeras del trabajo deben creer que estoy loca. También lo dice Anselmo, pero le juro que estoy bien. Se salió corriendo sin darme tiempo a ofrecerle un té o por lomenos un vaso de agua.
II
Verónica dejó de venir más de dos meses. Cuando reapareció traía las raíces muy crecidas y el pelo desteñido. Me pidió que se lo cortara porque, según ella, no tenía tiempo de cuidárselo largo. Elogié su melena, pero ella insistió. Le pregunté qué diría Anselmo cuando la viera pelona. No hizo comentarios. Sólo repitió: ¡córtemelo! Ni modo de contrariarla.
Le pedí que meesperara mientras terminaba de aplicar un tinte y le acerqué varias revistas para que eligiera un corte bonito y también con la esperanza de que mientras lo hacía cambiara de opinión: el cabello largo la favorece mucho.
Cuando me acerqué para atenderla vi las publicaciones sobre la mesa, tal como las había dejado. ¿No encontró nada? En vez de responderme dijo: las mujeres de mi familia no nacimospara el matrimonio. Todas acabaron divorciándose o separadas, y parece que terminaré igual. Volvió a llorar.

El salón, cosa rara, estaba lleno. Supuse que para Verónica sería muy molesto sentir la curiosidad de las otras clientas. Véngase, vámonos al gabinete donde hacemos el depilado. Allí estará más tranquila y podrá descansar mientras se calma. La ayudé a tenderse en la camilla. Iba adejarla sola, pero me pidió que no me fuera. Entendí que necesitaba desahogarse. Sin embargo, no debía presionarla. Me acomodé en un banquito y esperé a que ella quisiera hablar. Tardó en hacerlo.
“¿Le pareció horrible lo que dije, verdad? Eso de que las mujeres de mi familia no nacimos para el matrimonio. Todas, por una cosa o por otra, terminamos igual: ¡solas! Nada menos mis tres hermanas perdierona sus maridos, porque ellos se enredaron con otras señoras. Eso me parecía espantoso y ya ve ahora…”
Con mucho cuidado le pregunté si creía que Anselmo la engañaba. Verónica saltó de la camilla: lo hubiera preferido, sería menos humillante, menos difícil. Mis hermanas tuvieron que luchar contra otras mujeres; yo estoy batallando contra el mundo entero. En todas partes hay problemas económicos.Mientras se agravan, personas a las que ni siquiera conozco, o cuando mucho he visto en la tele, toman decisiones por allá, lejísimos, sin imaginarse que lo que ellos determinen destruirá la vida de personas como Anselmo y como yo. Confesé que sólo la entendía a medias.
III
Verónica se puso a alisar la sábana que cubría la camilla y habló con acento desmoralizado: ¡voy de ganancia! Anselmo no...
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