Arando en el mar

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ARANDO EN EL MAR

¿Repetiría el general Charles De Gaulle, presidente de la V República francesa, si se presentase la ocasión de hacerlo, una experiencia como la de ese viaje reciente por Hispanoamérica? Después mucho más que antes de iniciarla, se ha podido llegar a la conclusión de que si en el viaje ha habido, ciertamente, elementos sobrados para convertirlo en un gran triunfo personal, enun triunfo que no es fácil calibrar, por carecerse de precedentes adecuados para hacerlo, hay también mucho en él que encuentra más que justificada la actitud de Le Monde al pensar en Bolívar, el mismo a quien De Gaulle había tomado como principal y preferido compañero para un viaje en el cual se quería insistir mucho en la independencia y la soberanía y en la situación a que pueden conducir "lasideologías agotadas y las hegemonías cansadas". De Bolívar se tomó una expresión tan famosa como desalentadora—"He estado arando en el mar..."—para abrir un comentario en el que resulta oportuno preguntar qué es, en realidad, lo que ha hecho De Gaulle. No hay duda sobre lo extraordinario del acontecimiento que ha hecho posible que, desde "Caracas a Río de Janeiro, los sudamericanos no hubiesenvacilado durante veintiséis días en utilizar los superlativos más halagadores para saludar al presidente de la República francesa. Pocos jefes de Estado habrán podido tener la frente encintada de laureles tan numerosos y tan pesados en un tiempo tan corto". Pero los laureles que han podido realzar, sin duda, las dimensiones extraordinarias del triunfo personal de un viaje que había sido causa demuchas y serias preocupaciones, por el aspecto personal precisamente, no han podido, sin embargo, ocultar, ni siquiera oscurecer un poco el otro aspecto de la cuestión, el que la presenta como una equivocación por lo menos, quizá incluso con un serio fracaso.

ARANDO EN EL MAR

Se habían tomado grandes, infinitas precauciones, antes de empezar el viaje, memorable, sin duda alguna, en cualquiermomento y circunstancia y mucho más cuando el viajero que se sometía a la prueba de hacer un recorrido de todas las repúblicas sudamericanas en algo menos de cuatro semanas, para pronunciar medio centenar de discursos—generalmente muy breves—•, presidir docenas de banquetes y recepciones, asistir a ceremonias, presenciar desfiles, saludar a grandes multitudes, pasar de capitales a una gran altitud aotras con una elevación mucho mayor todavía, era, circunstancia que nunca se debería perder de vista, el jefe del Estado y el Gobierno de una potencia con verdaderos sueños de grandeza y con setenta y tres años de edad ya generosamente cumplidos. El séquito oficial era relativamente reducido: dos docenas escasas de personalidades, entre ellas la esposa, por supuesto, del general De Gaulle y suministro de Asuntos Exteriores; pero era poco menos que interminable el ejército que había sido movilizado para su protección y defensa: dos ejércitos más bien, uno formado por guardias, soldados y agentes que estaban en evidencia más o menos conspicua, y el otro, por los hombres y mujeres de bata blanca, dispuestos para pasar lista en hospitales, clínicas y puestos de urgencia, con la esperanza deno desperdiciar un instante en el caso de ocurrir algo desagradable, lo peor en lo que pudiese pensarse cuando un hombre de esa edad se somete a una prueba semejante y más todavía cuando por muchas partes de Sudamérica se sabe muy bien que quedan refugiados que en algún día muy triste aprendieron por Argelia a tenerle un odio de la naturaleza de esos que dejan la impresión de agigantarse con elrecuerdo y las distancias, un odio como el que, inesperadamente, llevó a tener un tropiezo con la muerte al antiguo dictador de Siria, el general Adib Shishakli, y por aquellos mismos días y lugares, precisamente. Había una gran preocupación, sin duda. Estaba de manifiesto por todas partes. Le dio expresión, con acento angustiado, Frangois Mauriac, uno de los grandes admiradores del general De...
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