Cuento de terror

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  • Publicado : 10 de noviembre de 2011
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París, 1846
Era una de esas noches húmedas de enero en las que el viento soplaba intensamente. Parecía oírse el escalofriante susurro que exhalaba provocando que uno se sobresaltase. En elcielo, envuelto en la penumbra, se distinguía la figura de la sigilosa espía de la noche, la luna. La humedad goteaba desde la verja de hierro negro que rodeaba la casa. En el interior de la valla, laniebla amarilla se amontonaba sobre los troncos de los árboles que formaban una barrera inescrutable que aislaba la vivienda de la calle.

Un extraño carruaje se detuvo ante el edificio; loscaballos golpearon el suelo y resoplaron el frío. El cochero, que se asemejaba a un siniestro demonio en busca de almas inocentes a las que acongojar, no emitió sonido alguno mientras controlaba laamenaza malhumorada de sus animales. Todo estaba en silencio; el único sonido era el de las inquietas bestias negras. Quizá se tratara de una noche extraña, bañada por la niebla o de ladesconcertante aparición del brillante, negro y misterioso carruaje. El criado a la cabeza saltó de inmediato hacia delante y abrió la puerta del vehículo. De la oscuridad emergió una singular figura que nopude vislumbrar con claridad.

Estaba seguro de mi destino. La muerte, escondida entre océanos de sombras, musitaba una canción a mis oídos mientras reía con una voz dulce y seductora. Trasvolverme hacia ella contemplé su rostro y advertí que sonreía. Mis ojos se tornaron fríos y hostiles. Entonces comprendí. Mi vida, bañada en penurias y desgracias, me había convertido en un sermalévolo, sin escrúpulos, empapado en la vergüenza y el dolor. No existía el placer para mí; odiaba el mundo y él me odiaba a mí. Ella había venido a darme un regalo, quizás el mejor que obtuve jamás;la libertad. Miré de nuevo a la Muerte y sonreí, creyendo que había encontrado la devoción de la vida en la muerte. Era un precio justo. Mi alma, a cambio de la paz.

Seudónimo: Sheira...
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