El extraordinario caso del doctor jekyll y mr. hyde

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El extraordinario caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde
oaguiler@uchile.cl
LO QUE OCURRIO EN UNA PUERTA
El abogado Utterson tenía un rostro surcado de arrugas que jamas se vio
iluminado por una sonrisa; en el hablar era frío, corto de palabra; torpón,
aunque hombre reacio al sentimiento, enjuto, alto, descolorido y tétrico, no
carecía de cierto atractivo. Cuando se hallaba entre amigos y elvino era de su
gusto, resplandecía en su mirada un algo que denotaba noble humanidad; un
algo que nunca llegaba a exteriorizarse en palabras, pero que hallaba
expresión no solamente en aquellos símbolos silenciosos de su cara de
sobremesa, sino con más frecuencia aún y más ruidosamente en los actos de su
vida. Se conducía de un modo austero consigo mismo; como castigo por su
afición a losbuenos vinos añejos, bebía ginebra cuando estaba a solas; y
aunque disfrutaba mucho en el teatro, llevaba veinte años sin cruzar las
puertas de ninguno. Sin embargo, era extraordinariamente tolerante con los
demás; unas veces sentía profunda admiración, casi envidia, por el ímpetu
pasional que los arrastraba a sus malas acciones; y en los casos más extremos
demostraba más inclinación a acudir ensu ayuda que a censurar. La
explicación que daba era bastante curiosa:
—Comparto la doctrina herética de Caín y dejo que mi hermano se vaya al
demonio a gusto suyo.
En este aspecto le tocó con frecuencia ser el último amigo respetable y la
última influencia sana en las vidas de hombres que se precipitaban hacia su
ruina. Mientras esa clase de gentes fue a visitarle a su casa jamas les dejóver
el más leve cambio en su trato con ellos.
Esta manera de conducirse no le resultaba, desde luego, difícil a Mr. Utterson;
porque era hombre sobre manera impasible y hasta en sus amistades se
observaba una parecida universalidad de simpatía.
Los hombres modestos se distinguen porque aceptan su círculo de amistades
tal y como la ocasión se lo brinda; eso era lo que hacía nuestro abogado.Eran
amigos suyos quienes tenían su misma sangre, o aquellas personas con las que
llevaba tratando de antiguo; sus afectos, como la hiedra, crecían con el tiempo,
sin que ello demostrase méritos en las personas que eran objeto de los mismos.
oaguiler@uchile.clÉsa era, sin duda, la explicación de la amistad que le unía a Mr. Richard
Enfield, pariente suyo lejano y persona muy conocida en Londres.Muchos no
acertaban a explicarse qué podían ver aquellos hombres el uno en el otro y qué
asuntos comunes de interés existían entre ambos. Según personas que se
encontraban con ellos durante sus paseos dominicales, los dos paseantes no
hablaban nada; tenían cara de aburrimiento y no ocultaban el alivio que les
producía la aparición de algún otro amigo. A pesar de lo cual ambos
concedían lamayor importancia a aquellas excursiones, las consideraban
como el hecho más precioso de cada semana y no sólo renunciaban a
determinadas diversiones que se les ofrecían de cuando en cuando, sino que
desatendían incluso negocios para no interrumpir su disfrute.
En uno de aquellos vagabundeos quiso la casualidad que se metiesen por una
callejuela lateral de un barrio de Londres de muchotráfico. La callejuela era
pequeña y, como suele decirse, tranquila, a pesar de que entre semana tenía
gran movimiento comercial. Parecía que las gentes que allí vivían prosperaban
y que reinaba entre ellas un espíritu de optimismo, porque invertían el exceso
de sus ganancias en coqueterías, hasta el punto de que los frentes de las casas
de comercio de la callejuela tenían todos un aire deinvitación, igual que dos
filas de sonrientes vendedoras. Aun los domingos, cuando la callejuela cubría
con un velo lo más florido de sus encantos y quedaba relativamente vacía de
transeúntes, se destacaba de las desaseadas calles vecinas lo mismo que una
hoguera de un bosque, y atraía instantáneamente la vista complacida del
paseante con sus postigos recién pintados y una nota de limpieza y alegría...
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