El jardin japones

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  • Publicado : 9 de febrero de 2012
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El jardin japones

La primera en enfermar fue Miranda, la mayor. Nos contrariamos porque significaba no ir al cine el viernes, único día que mi suegro podía cuidar a las niñas. Pese a los estornudos Dina, mi mujer, insistió en que asistiéramos a la posada del kinder. “Es el último día de clases. Le cuidamos la gripa el fin de semana y el lunes nos vamos al mar”. Habíamos decidido pasar lasvacaciones navideñas en la playa para no enfrentar otro año la polémica de con qué familia cenar, la suya o la mía.
En la posada había más padres que alumnos y más tostadas de cueritos y vasos de licor que caramelos y refrescos. “Muchos niños están enfermándose de gripa”, justificó la directora. “Pero como los papás tenían los boletos comprados, pues vinieron”. “Miranda también está enfermándose”,confesamos. “Por eso traemos tan envuelta a la bebé”. Marta, de apenas siete meses, asomaba parte de la nariz y un cachete por el enredijo de mantas de lana.
Descubrí al formarme en la fila de la comida que algunas madres conservaban las tetas y nalgas en buen estado. Y descubrí que un padre había notado, a su vez, que las de mi esposa tampoco estaban mal. Platicaba con ella aprovechando milejanía. Los dos sonreían. El sujeto era bajito, gestos afeminados y ricitos negros. Entablé conversación con la madre de Ronaldo, mujer de unos treinta años y gesto de contenida amargura que mi esposa solía calificar de “cara de mal cogida”. Claudia se llamaba, una de esas flacas engañosas que debajo de un cuello quebradizo y por sobre unas pantorrillas esmirriadas exhiben pechos y trasero másvoluminosos de lo esperado. Se había puesto una arracada en la nariz y pintado los pelos del copete de color lila desde nuestro último encuentro. Como no se le conocía novio o marido, las madres del kinder vigilaban sus movimientos y más de una miró con inquietud cómo le ofrecía fuego para su cigarro y cómo ella me reía todo el repertorio de chistes con que suelo acercarme a las mujeres.
Regresamos a casade mal humor. Miranda comenzó a llorar: tenía 39 de fiebre. Llamamos por teléfono al pediatra, que recomendó administrarle un gotero de paracetamol y dejarla dormir. También avisó que aquel viernes era su último día hábil: se iría a pasar la navidad al mar. “Como nosotros”, le dije. “Bueno, pero si le sigue la fiebre a Miranda no deberían viajar”, deslizó antes de colgar. “Déjame un recado en elbuzón si se pone mal y procuraré llamarlos”. No le referí a Dina el comentario porque no quería tentar su histeria.
Medicada e inapetente, Miranda pasó la noche en nuestra cama mirando la televisión. Marta, quien dormía en su propia habitación desde los tres meses, fue minuciosamente envuelta en cuatro cobijas. Bajé el calentador eléctrico de lo alto de un armario y lo conecté junto a su puerta.La presencia de Miranda en nuestra cama evitó que Dina y yo hiciéramos el amor o lo intentáramos siquiera. De cualquier modo, el menor estornudo de las niñas le espantaba el apetito venéreo a mi mujer. Me dormí pensando en la nariz de Claudia y sus mechones color lila.
Se suponía que dedicaríamos la mañana del sábado a comprar ropa de playa y pagar facturas para viajar sin preocupaciones, peroMiranda despertó con 39.2 a pesar del paracetamol. Maquinalmente llamé al número del pediatra. Respondió el buzón. “Hola, soy el doctor Pardo. Si tienes una urgencia comunícate al número del hospital. Si no, deja tu recado”. Dejé mi recado.
Acordamos que mi esposa cuidaría a las niñas y yo saldría a liquidar las facturas y comprar juguetes de playa para Miranda, un bronceador de bebé para Marta,unas chancletas para Dina y una gorra de béisbol para mí. Había pensado convencer a Dina de comprarse un bikini pero preferí no mencionar el asunto. Lo compraría y se lo daría en la playa. Antes de salir me pareció escuchar ruidos en la recámara de Marta. Me asomé. Era un horno gracias al calentador eléctrico. Lo apagué. Marta estornudaba. Le retiré una de las mantas y abrí la ventana. Me fui sin...
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