El testamento

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  • Publicado : 5 de marzo de 2012
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El testamento

John Grisham

John Grisham

El testamento

Hasta el último día y hasta la última hora. Soy un viejo solitario a quien nadie ama, enfermo, resentido y cansado de vivir. Estoy preparado para el más allá; tiene que ser mejor que esto. Soy el propietario del monumental edificio de cristal en que ahora me encuentro y del noventa y siete por ciento de la empresa que, en el pisoinmediatamente inferior al mío, tiene su sede en él. También del kilómetro de terreno que lo rodea por tres de sus lados y de las dos mil personas que trabajan aquí y de las otras veinte mil que no, y asimismo del gasoducto que transporta el gas al edificio desde mis pozos petrolíferos de Texas. Mía es la compañía que le suministra la electricidad y tengo en arriendo el invisible satélite quenavega a muchos kilómetros de altura, a través del cual yo ladraba en otros tiempos órdenes a mi imperio, que se extiende por todo el mundo. El valor de mis bienes supera los once mil millones de dólares. Soy dueño de minas de plata en Nevada y de cobre en Montana, de plantaciones de café en Kenia, de minas de carbón en Angola, de plantaciones de caucho en Malasia, de explotaciones de gas natural enTexas, de pozos de petróleo en Indonesia y de acerías en China. Mi empresa es propietaria de empresas que producen electricidad y fabrican ordenadores y construyen embalses e imprimen libros de bolsillo y transmiten señales a mi satélite. Son tantos los países por los que se hallan repartidas las sucursales de mis filiales que casi nadie podría localizarlas. Antes era dueño de todos los juguetesapropiados: yates, jets privados y rubias, casas en Europa, haciendas en Argentina, una isla en el Pacífico, purasangres e incluso un equipo de hockey. Pero ya me he hecho demasiado viejo para los juguetes. El dinero es la raíz de mis males. Tuve tres familias, tres ex esposas que me dieron siete hijos, seis de los cuales siguen vivos y hacen todo lo que pueden para atormentarme. Que yo sepa,engendré a los siete y enterré a uno. Debería decir que lo enterró su madre, pues yo me encontraba fuera del país. Estoy enemistado con mis ex esposas y todos mis hijos. Hoy todos se hallan reunidos aquí porque me estoy muriendo y ha llegado la hora de repartir el dinero. Llevo mucho tiempo planeando este día. Mi edificio tiene catorce pisos, todos ellos largos, anchos y situados alrededor de unrecóndito patio trasero donde antaño yo celebraba banquetes al aire libre. Vivo y trabajo en el piso superior, cuatro mil metros cuadrados de opulencia que a muchos les parecerían obscenos, pero que a mí no me molestan en absoluto. He ganado hasta el último centavo de la fortuna que poseo con mi sudor, mi inteligencia y mi buena suerte. Debería tener también el derecho de regalar todo ese dinero a quienme diera la gana, pero me persiguen. ¿Por qué debería preocuparme por quién recibe el dinero? He hecho con él todo lo imaginable. Sentado aquí en mi silla de ruedas, esperando solo, no se me ocurre ni una sola cosa que quiera comprar o ver, ni un solo lugar a donde quiera ir ni otra aventura a la que quiera lanzarme. Lo he hecho todo y estoy muy cansado. No me interesa quién reciba el dinero; perome interesa mucho quién no lo reciba. Diseñé personalmente cada metro cuadrado de este edificio, y por eso sé exactamente dónde colocar a cada uno de los participantes en esta pequeña ceremonia. Están todos aquí, esperando, pero les da igual. Permanecerían en cueros en medio de un temporal de nieve si fuese necesario. La primera familia la constituyen Lillian y sus hijos, cuatro de mis retoños,habidos de una mujer que raras veces permitía que la tocara. Nos casamos jóvenes —yo tenía veinticuatro años y ella dieciocho—, lo cual significa que Lillian también es una vieja. Llevo años sin verla y hoy no la veré. Estoy seguro de que sigue interpretando el papel de doliente y abandonada pero aun así fiel primera esposa que fue intercambiada por un trofeo. Jamás ha vuelto a casarse, y estoy...
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