Ensayo la contemplación

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  • Publicado : 18 de septiembre de 2010
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Transfiguración
El encuentro profundo y contemplador es eminentemente transformante. Voy a tratar de explicarlo con cierta amplitud. En resumen, diré que Dios asume y consuma el
«yo». Y, sin más, el hombre entra en el torrente del amor.
Es una loca quimera, una vibración inútil que persigue
y obsesiona. Ese es el «yo». Es una ficción, una pesadilla,
una abstracción. Dios, al visitar el alma,no hace sino despertarla
de esa ficción e instalarla en el piso firme de la
sabiduría, de la objetividad y la paz.
¿Qué sucede? El Padre sacia enteramente al hombre con
su Amor Envolvente. Con esto, el hijo encuentra que todo
lo que apreciaba hasta ahora es artificial, que son vanas aquellas
ilusiones con las que adornaba el «yo». Con su presencia,
pues, el Padre purifica al hijo, lodespoja y libera,
destruye sus castillos en el aire, quema sus muñecos de paja
y, como resto, emerge la verdadera realidad, en su pureza
desnuda. Hemos entrado en el recinto de la sabiduría.
¿¡Quién eres tú y quién soy yo!? Tú eres mi Todo, yo soy
tu nada. En mi nada, sin embargo, como hijo amado, lo
tengo todo en tu amor gratuito. Ante el resplandor del
rostro, la figura del «yo» se reduce a lanada, como las estrellas
se apagan ante el brillo del sol.
Cuando aquí hablamos del «yo», nunca se trata de la
realidad personal, menos todavía de la identidad personal.
La raíz de todas las desgracias es ésta: el hombre proyecta
ante sí mismo y para sí mismo la imagen de su realidad
personal. Ella, sin embargo, es la sombra de la realidad.
Esta efigie se le transforma al hombre, a lolargo de
su vida, en objeto de su adhesión y de\*oción. Las ansias
de que me quieran, de ser el primero van vigorizando esa
imagen («yo»). ¡Interesante!: los deseos engendran la imagen
(igual que el aceite nutre el fuego) y la imagen engendra
los deseos. Más todavía: el deseo de ser «adorado» engendra
el temor de no ser adorado. La mitad de la vida se
desvive mucha gente luchando para erigiruna estatua, y la
otra mitad vive sufriendo por el temor de que se le caiga
la estatua.
Apoyado en una filosofía y una psicología, el mundo
occidental ha establecido una poderosa afirmación del «yo»
con alto sentido competitivo, organizando un verdadero culto
al «yo». Lo que importa es la imagen.

La instalación del «yo» en el centro de mi mundo personal
y del mundo universal ha levantadomurallas de defensa
y separación en torno mío. Si es mío, lo amarro a mi
persona con una cadena. Se llama apropiación. Ahora, toda
apropiación engendra diferencia, y así nace la gran ley de
la oposición: lo que es «yo» (o mío) por una parte, y lo
que no es «yo», por otra parte: dos mundos, si no antitéticos,
por lo menos opuestos (no necesariamente contrapuestos):
adhesión a lo uno ydesinterés por lo otro.
* * *
Una fuerte experiencia de Dios parte por el medio el
núcleo central del «yo». La Presencia Envolvente envuelve
y asume al «yo», mejor, desvanece la adherencia a una imagen.
Al quedar asumido el hijo por el Padre, el «yo» de
aquél deja de ser el centro. Con esto, el hijo suelta todas las
apropiaciones y adherencias, y queda libre. Y partiendo de
la objetividad,comienza la transformación. No podíamos respirar
por la angustia. No podíamos ver objetivamente por
las alucinaciones enfermas. Llega Dios, arranca las máscaras,
desnuda al «yo» de los ropajes artificiales y, de repente,
el hijo se siente puro, libre, vacío, transparente, respirando
en paz, viendo todo con claridad.
La conciencia adhesiva al «yo» es completamente atraída
por el otro, como sacadade su quicio por la fuerza de
la admiración y de la gratitud, y así se extrapola el centro
de convergencia. Como efecto de esto, la atención y la intención,
libres ya de amarras, son irresistiblemente arrastradas
por un nuevo Centro de Gravedad.
Por este camino se establece una nueva situación: es
anulada la diferencia entre el «yo» y lo otro (los otros) y
nace el amor. Dios acaba por ser...
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