Entre el humo dulce y la u

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Trabajaba en su tercer mes del año social en una Unidad de Salud de Chalatenango cuando, convencido de que era drogodependiente, decidió detener sus estudios de Medicina en la Universidad Nacional de El Salvador e iniciar un tratamiento de rehabilitación de 21 meses en el centro CREA María Auxiliadora de la fundación Carisma. Tenía 19 años, y siempre había querido ser médico.

La ClínicaAsistencial Corazón de María atiende a unos 1,500 pacientes mensuales y atiende solo por la mañana. Foto: Raquel Cárcamo.

La apariencia de José Alvarado –nombre ficticio-, de 28 años, no delata su pasado en el mundo de las drogas. Peinado con camino de lado bien hecho, camisa manga larga, pantalón formal y unos pulcros zapatos de vestir son su vestimenta diaria. Alto de estatura, tez blanca y peloliso, de complexión grande, sus palabras y la sobriedad de su tono de voz denotan que tiene agudeza intelectual. Habla poco. Sus ojos, un poco achinados, son expresivos y miran fijamente. Relata sin aparente problema su adicción y se refiere a ella como una experiencia dolorosa, pero que le cambió la vida. Una experiencia que ya es parte del pasado.

Durante su bachillerato, José, influido por susamigos del colegio, conoce la cerveza y el cigarrillo. Junto a ellos empieza su carrera en medicina, aunque él había decidido mucho antes, inspirado al ver a su padre, qué quería estudiar. En bachillerato, su prueba de conocimientos y aptitudes también había confirmado su vocación médica.

El año universitario inicia pero pronto el grupo se desintegra. Los amigos entrañables de José toman unvuelo hacia Cuba luego de haber obtenido una beca en la Escuela de Ciencias Médicas de la nación caribeña. José trata de acompañarles, pero sus padres no se lo permiten. No quieren que la familia vuelva a separarse, apenas unos años después de haber regresado todos de Nicaragua, tras el cierre de la guerra civil.

— Ahora sin mis amigos la U no es igual, ya ni quiero ir a clase, estoy solo—,piensa una y otra vez José.

Eso marca en él un desinterés por la U. Asiste solo a las clases de asistencia obligatoria y a evaluaciones. Prefería quedarse en casa oyendo música toda la tarde. “La música me ayudaba a expresarme. Escuchaba música de protesta, con la que me identificaba mucho por la rebeldía que yo estaba viviendo”, dice ahora.

José, un joven inseguro y con poco amigos, empieza adisimular su soledad haciéndose amigo de los chicos de su colonia. La amistad va creciendo. “Mi limbo social disminuyó”, dice José, que empieza a invitar a su casa a los hermanos mayores de sus amigos para que fumen marihuana y crack, lo que ellos llamaban tomarse un nevado. Para ese entonces a José, enfocado en su estudio, no le llama la atención drogarse. “Miraba cómo se ponían de paranoicos yeufóricos, y no me gustaba”.

Los conciertos de rock y los bares sí llaman su atención. “En ese momento lo que me importaba era solo divertirme y pasar las materias de la U. Así nadie me debía decir nada”, recuerda.

Ese estilo de vida dura un año. Luego, en un concierto, entre la plática y la cerveza, un amigo de un amigo suyo le hace llegar un cigarro de marihuana. José tiene 19 años y llevasegundo año en la universidad.
Esa noche escucha con los sentidos agudos, por el efecto de la droga, el concierto. “Pude entender la letra a profundidad. Haberla probado me causó placer”, dice, y admite que nunca consumió droga a la fuerza: “Fue por mi torcida voluntad… Aunque claro, la droga te quita la voluntad”. “Me sentía incomprendido. Me estaba acostumbrando a no estar con mis amigos y acababade romper con mi novia, de quien creía estar enamorado, por celos y pleitos”, dice.

Bajo los efectos de la desilusión, José se une al grupo que se nevaba en lo que han bautizado como la casa de trance, una casa abandonada de dos plantas, descuidada, con pocos muebles, donde sus amigos trafican con pequeñas cantidades de droga y aprovechan para disfrutar la suya propia. “Acepté lo que antes...
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