Entrevista de semblanza

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¡Y TUVISTE QUE AMANZARTE!

Sensual y rimbombante era el caminar de tu tacón dorado, aquel que perfilaba tu pierna y contrastaba con el tono bronceado de tu piel madura, resaltado además por el vestido negro que tu marido te había regalado aquella noche lluviosa en que te negaste a acompañarle y a recorrer como de costumbre, los aromas, sabores y colores de la vida nocturna en el DistritoFederal.

Hace tiempo ya te había aburrido, preferiste cambiar las cosas que hacían juntos por momentos en donde disfrutaras de tu soledad. Ya no más bares, cafés, idas al teatro, al cine y a los tacos. El giro de tu destino te hizo absurdamente, olvidar tus orígenes, olvidar que vienes y vives del maíz; que éste no se mide ante una determinada clase social, cuando menos en México.

De la banquetaa la taquerìa mirabas con altivez a los clientes; no soportabas la manera en que rociaban con sal un limón y lo chupaban a fin de quitarse lo picoso de la salsa, ni mucho menos la enorme mordida que daban al taco, siempre con la cabeza ladeada. Tu profunda y desconcertante mirada los enfadaba y comenzaban a criticarte, te reías irónicamente y sin contestar al saludo de tus empleados, tesentabas en la última mesa a tu derecha.

Una muchacha te llevó un americano con leche y el flan napolitano que tanto te gustaba. Dibujabas y escribías en una servilleta hasta que se acercó una humilde mujer a pedirte una limosna. Te pasmaste por unos segundos y la miraste de pies a cabeza: su negra cabellera con unos cuantos destellos plateados, piel morena casi como la tuya, falda negra, blusafloreada desteñida y sandalias de hule. Con pena y angustia, ordenaste le dieran cinco tacos y la corrieran de inmediato.

¿Por que tomaste esa decisión? ¿Acaso la indígena hambrienta removió algunos recuerdos en tu mente? La calma con la que bebiste el café, la docena de cigarrillos que fumaste y tu semblante perdido, precedieron tu ataque de histeria y desvanecimiento. Despertaste en la cama ycon tu bata satinada, cogiste papel y lápiz y comenzaste a escribir:

“Aún no se asomaba el Sol cuando mi madre y yo nos disponíamos rumbo al molino. Siendo la mayor de cinco hermanos, cargábamos cada tercer día cuatro kilos de nixtamal. Llegábamos a casa y comenzábamos a hacer las tortillas. Palmoteando de un lado a otro, le dábamos forma a una pequeña bola de masa amarilla, roja o azul(dependiendo el tipo de maíz), que ya bien aplanada se colocaba sobre el comal que ardía en la leña.

Para que la tortilla no se quemara, la volteaba justo cuando se inflaba, mis dedos en cambio, se llenaron de llagas al rozar el comal que ardía en las brasas. Mi hermana Consuelo las acomodaba en un chiquihuite y las vendía por docena en el mercado de Xochimilco. Las tortillas que se llegaban a romper,las dábamos como tentempié a los chamacos y a los peones.

Siempre fui muy curiosa y me llamó la atención que a donde quiera que volteara, veía el maíz: lo miraba en las cosechas aguardadas, en la cola de las tortillas, en los tacos callejeros, en el atole y tamales que servían en las fiestas. Además, recuerdo que la maestra de tercero nos contó que según nuestros antepasados, estamos hechos demaíz. Tuve la sospecha de que esto no fuera cierto, pero nunca dudé que los mexicanos “tenemos el maíz hasta en la sopa” ¡Y que digo hasta en la sopa! ¡Si no hasta en la boca!

-“¡De lengua me como un taco!” Decía mi mamá cada que mi padre no le completaba lo poco del gasto semanal.

Mi familia era originaria de Atzinzintla, Puebla, sin embargo, desde que tenía cuatro años de edad llegamosa “la capital”, al Barrio de San Gregorio en la delegación Xochimilco. Nos dedicábamos a la siembra y cosecha en chinampa, de maíz, fríjol, chile y calabaza. La verdad es que aquí nunca nos faltó nada antes de que mi madre maldijera a las semillas que atiborraban las habitaciones de la casa. Supe desde ese momento que Dios nos castigo y secó nuestras tierras.

Meses más tarde, mi madre...
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