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LAS AVENTURAS DEL CAPITÁN ALATRISTE ARTURO PÉREZ-REVERTE A Antonio Cardenal, por diez años de amistad, cine y estocadas. ¿Qué se saca de aquesto? ¿Alguna gloria? ¿Algunos premios, o aborrecimiento? Sabrálo quien leyere nuestra historia. Garcilaso de la Vega. «Ya estamos muy abatidos, porque los que nos han de honrar nos desfavorecen. El solo nombre de español, que en otro tiempo peleaba y con lareputación temblaba de él todo el mundo, ya por nuestros pecados lo tenemos casi perdido...» Cerré el libro y miré a donde todos miraban. Después de varias horas de encalmada, el Jesús Nazareno se adentraba en la bahía, impulsado por el viento de poniente que ahora henchía entre crujidos la lona del palo mayor. Agrupados en la borda del galeón, bajo la sombra de las grandes velas, soldados ymarineros señalaban los cadáveres de los ingleses, muy lindamente colgados bajo los muros del castillo de Santa Catalina, o en horcas levantadas a lo largo de la orilla, en la linde de los viñedos que se asomaban al océano. Parecían racimos de uvas esperando la vendimia, con la diferencia de que a ellos los habían vendimiado ya. –Perros –dijo Curro Garrote, escupiendo al mar. Tenía la piel grasienta ysucia, como todos nosotros: poca agua y jabón a bordo, y liendres como garbanzos después de cinco semanas de viaje desde Dunquerque por Lisboa, con los veteranos repatriados del ejército de Flandes. Se tocaba con resentimiento el brazo izquierdo, medio estropeado por los ingleses en el reducto de Terheyden, contemplando satisfecho la restinga de San Sebastián; donde, frente a la ermita y su torrede la linterna, humeaban los restos del barco que el conde de Lexte había hecho incendiar con cuantos muertos propios pudo recoger, antes de reembarcar a su gente y retirarse. –Han ajustado lo suyo –comentó alguien. –Más lucido sería el cobro –apostilló Garrote– si nosotros llegáramos a tiempo. Se le

traspasaban las ganas de colgar él mismo algunos de aquellos racimos. Porque ingleses yholandeses habían venido sobre Cádiz una semana atrás, tan prepotentes y sobrados como solían, con ciento cinco naves de guerra y diez mil hombres, resueltos a saquear la ciudad, quemar nuestra armada en la bahía y apoderarse de los galeones de las flotas del Brasil y Nueva España, que estaban al llegar. Su talante vino más tarde a contarlo el gran Lope de Vega en su comedia La moza de cántaro, con elsoneto famoso: Atrevióse el inglés, de engaño armado, porque al león de España vio en el nido... Y de esa manera había llegado el de Lexte, taimado, cruel y pirata como buen inglés –aunque los de su nación se adobaran siempre con fueros e hipocresía–, desembarcando mucha gente hasta rendir el fuerte del Puntal. En aquel tiempo, ni el joven Carlos I ni su ministro Buckingham perdonaban el desplantehecho cuando el primero pretendió desposar a una infanta de España, y se le entretuvo en Madrid dándole largas hasta que terminó de vuelta a Londres y muy corrido –me refiero al lance, que recordarán vuestras mercedes, en que el capitán Alatriste y Gualterio Malatesta estuvieron en un tris de agujerearle el jubón–. En cuanto a Cádiz, a diferencia de lo que pasó treinta años antes cuando el saco dela ciudad por Essex, esta vez no lo quiso Dios: nuestra gente estaba puesta sobre las armas, la defensa fue reñida, y a los soldados de las galeras del duque de Fernandina se unieron los vecinos de Chiclana, Medina Sidonia y Vejer, amén de infantes, caballos y soldados viejos que por allí había; y con todo esto dieron tan recia brasa a los ingleses que se les estorbó con buena sangría elpropósito. De manera que, tras sufrir mucho y no pasar de donde se hallaba, reembarcó Lexte a toda prisa, conocedor de que en lugar de la flota del oro y la plata de Indias, lo que venían eran nuestros galeones, seis barcos grandes y otras naves menores españolas y portuguesas –en ese tiempo compartíamos imperio y enemigos gracias a la herencia materna del gran rey Felipe, el segundo Austria– todas con...
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