Identidad

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Destinos de la identidad


Tzvetan Todorov


Este texto, leído luego del atentado del 11 de septiembre, en el encuentro de Letras Libres de octubre 2001 (Madrid) sobre los fanatismos de la identidad, es una controvertida defensa de la necesidad humana del sentido de pertenencia.

En el siglo XX se formó un estado de ánimo que podríamos resumir un tanto caballerosamente en la fórmula"¡Muera la identidad!" No se trata de un combate organizado, claro está, sino de una evolución de los ánimos, que atañe tanto a la identidad personal (se encarna entonces en el tema del "hombre sin atributos", el hombre-proteo, el hombre-camaleón) como a la identidad colectiva, tomando esta vez la forma de un elogio del cosmopolitismo, de la pluralidad y el encuentro de las culturas.

El rechazoactual a valorar la identidad personal puede basarse en un llamado al pensamiento humanista, el de Rousseau, Kant y Fichte, que valora como rasgo específicamente humano la capacidad del individuo de oponerse a toda determinación colectiva, a todo legado físico o cultural (para Rousseau, el hombre se define por su perfectibilidad, no por identidad alguna). Pero este mismo rechazo de la identidad establepuede justificarse con argumentos procedentes de cualquier otro horizonte filosófico: con la vacilación del sujeto coherente, diagnosticado por un Nietzsche o un Freud, sin hablar de sus discípulos más recientes, que nos han acostumbrado a pensar al individuo como un ser escindido, atravesado por múltiples pulsiones sobre las que no tiene ningún dominio.

Ocurre más o menos lo mismo con laidentidad colectiva, que se encuentra quebrantada por razones de lo más diversas, por no decir opuestas. En uno de los extremos del espectro social, encontramos efectivamente a aquellos que sufren la privación de identidad colectiva sin haberla buscado exactamente: todos aquellos a quienes las necesidades económicas o las restricciones políticas echan a los caminos alejándolos de sus casas, a un mundodonde los movimientos de la población no hacen más que acelerarse y multiplicarse. En el otro extremo tenemos una élite globalizada, compuesta de prósperos empresarios, políticos que toman decisiones, estrellas de los medios y del espectáculo, pero también por sabios y escritores de prestigio, que pasan gran parte de su tiempo en las salas de los aeropuertos, dominan muchas lenguas y se jactan de"sentirse a gusto en cualquier parte" —siempre y cuando, agregaría yo, la habitación de su hotel sea cómoda.

Ante esta evolución, tan multiforme como incontestable, me gustaría adelantar una primera advertencia: no creo que la desaparición de la identidad, tanto personal como colectiva, sea deseable, ni siquiera posible. Si tuviera que pensar en un caso extremo de desaparición o intento dehacer desaparecer la identidad del individuo, el ejemplo que de inmediato me viene a la mente es el de los detenidos en los campos de concentración totalitarios, particularmente los nazis: en ellos todo se dirigía a destruir la identidad. No había ninguna referencia posible al pasado, a la historia personal que constituye esta identidad y distingue a un individuo del otro, puesto que todos estabanobligados a vivir en el presente inmediato, absorbidos por tareas ligadas a la supervivencia, y por lo mismo a las necesidades del momento: encontrar un poco más de comida, protegerse contra el frío, esquivar los golpes. Los individuos pierden todavía un poco más de su identidad al ser privados de su nombre, que es reemplazado por un número, al ir todos vestidos de igual manera, al ser designadoscomo cosas, Stücke (piezas), más que como personas. Nos cuesta pensar que alguien pueda imaginar como ideal a este individuo concentracionario.

Regresemos un poco más cerca de la experiencia común: ¿no basta perder los documentos de identidad para resentir dolorosamente los inconvenientes de esta desaparición? Entonces se entiende que el grito "¡Muera la identidad!", tal y como lo podemos oír...
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