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El sillón

No todo ha de vivir y vivir sin jamás contar. Esto que cuento es cuento viejo, como viejos son los tiempos del excelentísimo virrey marqués de las amarillas.
La colonia gozaba de paz, y los habitantes de la Nueva España partían su vida entre sus quietos oficios, sus piadosas prácticas y su obediencia fácil y diligente a las templadas órdenes del brazo secular, no menos que a lasmorigeradas del brazo secular de la Santa Iglesia. Tiempo era el más a propósito para que la colmena del estudio alzara su rumor sobre todos los que salían de la noble ciudad; se vivía en una de esas épocas en que, apartada toda violencia del trato de las gentes, ganaban uso los ademanes corteses y las discretas galanterías. Se afinaban los espíritus; los hombres gustaban mucho de su aseo ycompustura, y las mujeres se volvían más bellas y ponían muy buena miel en sus conversaciones.
De aquella gente cortesana era el conde de Santiago; un hermoso mancebo y bien nacido, venido a la Nueva España a recoger los cuantiosos bienes que de su padre había heredado. Encontró que la colonia era próspera y la vida de la ciudad lo suficiente culta para no apagar sus luces adquiridas y también lorelativamente modesta y sencilla para poder desarrollar él sus pensamientos y tendencias con mayores facilidades que en la metrópoli. Pero más que todo eso encontró, a poco de llegado a la ciudad, una hermosa mujer y un excelente amigo; doña Isabel de Ocoz y el malicioso abate don Julio Montemayor. Los haberes del conde le permitían vivir con liberalidad y hasta con lujo, de que mucho se preciaba entoncesla gente. Y como había sido el único heredero, ya tenía para no ceder en nada a los mayores refinamientos de la vida que hacían los más exquisitos indianos.
Entre éstos debe contarse al coronel Caballero de Barros, secretario de su Excelencia el señor virrey, que con su alba peluca ondulante y perfumada, sus dulces ojos que se animaban hasta fulgurar cuando disertaba de historia o de política,enclavados en el gesto desdeñoso de su cara, se le verá pasar lentamente en su litera, de elegante factura,, servida por cuatro criados de roja librea. Consigo llevaba el coronel de ordinario un libro y, un fino bastón en el que brillaba con limpieza el puño de oro, que rara vez por cierto se ocultaba en el hueco de la mano.
Por inocente afición quizá o por cómodo descanso, era costumbre delvirrey visitar diariamente la casa del coronel, mientras éste se entendía con los asuntos del gobierno. La casa era cercana del palacio de su excelencia, y no faltaba a recibir al noble personaje, ya compuesta y presumida, la esposa del coronel, mujer que aunque hermosa no tan recatada que las gentes la libraran de su impuro y negro diente. Su descanso hacía el virrey en la espaciosa biblioteca delcoronel, muy rica en libros de historia y navegación, y en cuyo centro, por todo mueble, había una gran mesa labrada y un cómodo sillón.
Allí iba el virrey y sentábase largas horas a hojear libros de estampas. Roída y mermada traían las gentecillas la honra del coronel que, si bien sospechoso, no convencido, no encontró medio más sutíl para acabar con las visitas de su excelencia que vender el vastoy cómodo sillón poniendo en su lugar una fea y pequeña silla. El virrey, que era indolente y grande amigo de su holgura, apenas notó el cambio,, prescindió de la dama y la visita y dejó en quietud la honra del coronel. El sillón vino a dar en poder del inquieto conde de Santiago.
Por amor de doña Isabel de Ocoz metióse el conde a reclamar unos dineros que le debía el tribunal de la SantaCruzada. El coronel secretario que era tan celoso de la Real Hacienda como de su propia casa y honra, muy mal recibió y trató la reclamación presentada, y en las discusiones que tuvo con el conde (que también era doctor en ambos derechos) se agriaron bastante los ánimos sin resultado alguno. El conde, herido en su amor, pensó en la venganza y la meditó con ayuda de su dama, que era mujer de tono y muy...
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