Las confesiones

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  • Publicado : 24 de octubre de 2010
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Y qué era lo que me deleitaba sino amar y ser amado? Pero en esto no guardaba yo el modo que debe haber en amarse las alas mutuamente, que son los limites claros y lustrosos a que se ha de ceñir laverdadera amistad, sino que levantándose nieblas y vapores del cenagal de mi concupiscencia y pubertad, anublaban y oscurecían mi corazón y espíritu de tal modo, que no discernía entre clara serenidaddel amor casto y la inquietud tenebrosa del amor impuro. Uno y otro hervían confusamente en mi corazón, y entrambos -44- arrebataban mi flaca edad, llevándola por unos precipicios de deseosdesordenados, y me sumergían en un piélago de maldades.

Vos, Señor, estabais muy irritado contra mí, y yo no lo advertía ni reflexionaba. En pena del orgullo y soberbia de mi alma, me había puesto sordocon el ruido de la cadena de mi mortalidad, que llevaba siempre arrastrando; me iba alejando de Vos, y Vos me dejabais ir; estaba abatido, derramado, perdido, hirviendo en torpezas, y Vos callabais,Dios mío. ¡Oh!, ¡qué tarde llegasteis a ser todo mi gozo! Callabais Vos entonces, y yo con soberbio abatimiento y con inquieto cansancio apartándome de Vos, iba prosiguiendo en buscar más y más gozosestériles, que eran como semillas que no me habían de producir otros frutos que penas, sentimientos y dolores.

3. ¡Ojalá hubiera habido quien arreglase aquella mi pasión que me era molesta!,¡ojalá me hubieran reducido a un estado en que pudiese usar bien de las hermosuras de estas cosas terrenas y transitorias, haciéndome contener dentro de los justos límites que habéis señalado para el uso delas criaturas y de sus deleites! Para que así las olas impetuosas de mi juventud, si es que no podían tranquilizarse enteramente, a lo menos se detuviesen en la orilla y playa del matrimonio, usandosolamente de él para la procreación, como prescribe y manda vuestra ley, Dios mío y mi Señor, que habéis dado también la forma y regla a la propagación de nuestra carne mortal, como quien puede...
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