Las uvas de la ira

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  • Publicado : 4 de noviembre de 2011
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Afuera, un hombre que caminaba por el borde del camino cruzó hacia el lado opuesto y se aproximó al camión. Anduvo lentamente hasta colocarse frente a él, posó su mano en el reluciente parachoques ysu vista se clavó en un letrero, pegado al parabrisas, que decía: “No se lleva a nadie.” Por un momento pareció dispuesto a seguir caminando, pero se sentó junto al estribo. No tendría más de treintaaños. Sus ojos eran de color pardo muy oscuro, y en las pupilas se notaba un leve pigmento como de café. Los pómulos eran salientes y separados, y profundas arrugas surcaban sus mejillas,prolongándose hasta las comisuras de los labios. El superior era alargado, y como su dentadura era algo saliente, los labios se estiraban para taparla, pues el hombre los mantenía fruncidos. Sus manos eran secas,de dedos anchos y uñas tan gruesas y arrugadas como conchas de ostras. El espacio entre el pulgar y el índice y las palmas de sus manos brillaban encallecidos.
Las ropas del hombre eran nuevas…,todas, nuevas y baratas. Su gorra, gris, era tan nueva que la visera estaba tiesa todavía y conservaba el broche; no estaba deforme ni manchada como lo estaría cuando hubiese servido algún tiempo paratodos los usos de una gorra: morral, toalla, pañuelo… Su traje era de tela gris, tosca y barata, y tan nuevo que los pantalones conservaban la raya. Su camisa, de cambray azul, no había sido lavada, yse notaba tiesa. La chaqueta era demasiado ancha, los pantalones muy cortos, pues era un hombre muy alto. Las hombreras le caían sobre los brazos, y aún así las mangas le quedan muy cortas y ladelantera le colgaba flojamente sobre el estómago. Llevaba un par de zapatos nuevos, de color amarillo, del tipo militar, claveteados y con una especie de herraduras en los tacones para evitar su desgaste.El hombre se sentó en el borde del camino, se quitó la gorra y se enjugó la cara con ella. Luego volvió a ponérsela, y al hundírsela sobre la las cejas inició la ruina de la visera. Sus pies le...
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