Ley 1420

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  • Publicado : 14 de noviembre de 2010
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La ley 1420 de educación común merece, en la hora del centenario, el homenaje de todos los argentinos. Su texto y su espíritu resumen los ideales de una generación que construyó un país inspirado en los más altos y nobles ideales políticos. Estos méritos no pueden ser retaceados ni desconocidos ni siquiera por razones de convicciones religiosas que entiendan que las disposiciones del artículo 8ºhayan sido equivocadas o injustas o que el espíritu laicista general de esa generación no haya sido lo mejor para el país. Sobre este tema puede discutirse inacabablemente; nadie, en cambio, tiene derecho a negar la nobleza de los ideales de alfabetización, de educación popular, de la instrucción del pueblo como punto de partida de una sociedad de hombres libres, de ciudadanos capaces de ejercersus derechos y de cumplir sus deberes.
La ley 1420 no fue el punto de partida del movimiento alfabetizador y de la difusión de la educación popular en nuestro país, porque otras leyes provinciales –en primer término por su importancia y significación la de la provincia de Buenos Aires de 1875, sin desconocer las de otras provincias igualmente representativas de este mismo espíritu– lo habíaniniciado ya. Pero fue la culminación de ese movimiento; representó la síntesis de una acción de política educativa que hasta hoy distingue a nuestro país, y engendró el normalismo como su consecuencia necesaria.
En el ya antiguo ensayo sobre el normalismo que escribimos en 1960, así como en el ensayo sobre Víctor Mercante que tenemos publicado como apéndice de nuestro texto Las etapas históricas de lapolítica educativa (1968), hemos afirmado nuestro juicio –no exento de resonancia emotiva– sobre los hombres que forjaron e inspiraron la ley 1420, sobre sus consecuencias y sobre las generaciones de hombres que cumplieron sus objetivos a lo largo de las décadas siguientes.
Algo doloroso ocurrió, empero, en la Argentina, desde el 8 de julio de 1884 y –lamentablemente, casi increíblemente– sigueocurriendo todavía. La polémica por las disposiciones sobre la enseñanza religiosa oscureció en gran medida el resto de la ley, que sin exageración podría decirse que es una ley desconocida para la inmensa mayoría de quienes discuten acaloradamente a su respecto. Se la ha reducido a un artículo y se desconoce el resto.
Los argentinos vivimos, extrañamente, vueltos hacia el ayer con obstinación.Todos los pueblos del mundo conocen su historia y la estudian, inclusive mejor que entre nosotros. Pero no cultiva, con la misma fruición casi masoquista con que lo hacemos aquí, las viejas polémicas, los antiguos rencores.
La historia es eso: historia. Entre nosotros sigue siendo presente y por eso, seguramente, no la conocemos bien ni la entendemos.
No haremos en este trabajo el análisispedagógico y de política educativa que la ley 1420 merece, y que en forma aislada en otros textos y ensayos hemos hecho, en particular en el titulado “La quiebra de la participación en los mecanismos de gobierno y conducción del sistema educativo”, reproducido en el volumen La escuela y la sociedad en el siglo XX (1970). Tampoco entraremos en el debate sobre aspectos de libertad de enseñanza derivados dela aplicación de la ley, porque ese punto lo hemos tratado exhaustivamente en el ensayo publicado en 1963 por la Asociación por la Libertad de Enseñanza con el título En torno al buen uso de la libertad de enseñanza.
Queremos, entonces, concluir este trabajo reiterando la posición que sostuvimos en el Congreso Latinoamericano de Educación realizado en Buenos Aires en octubre de 1982, en laexposición allí presentada con el título “La educación común, un siglo después”, y cuya tesis central de alguna manera está sintetizada en el artículo “Los sistemas educativos y el desafío del siglo XX”, publicado en el Nº 33 de la Revista del Instituto de Investigaciones Educativas.
Esa posición podría expresarse así: la ley 1420 merece, en este año del centenario de su sanción, el homenaje de...
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