Que no oyes ladar los perros

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  • Publicado : 7 de diciembre de 2010
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NO OYES LADRAR LOS PERROS.
JUAN RULFO

-TU QUE VAS ALLA ARRIBA, Ignacio, dime si no oyes alguna señal de algo o si ves luz en alguna parte. –No se ve nada.–Ya debemos estar cerca. –Sí, pero no se oye nada.–Mira bien. –No se ve nada.–Pobre de ti, Ignacio. La sombra larga y negra de los hombres siguió moviéndose de arriba abajo, trepándose a las piedras, disminuyendo y creciendo según avanzaba por la orilla del arroyo. Era una sola sombra,tambaleante. La luna venia saliendo de la tierra, como una llamarada redonda. –Ya debemos estar llegando a ese pueblo, Ignacio. Tú que llevas las orejas de fuera, fíjate a ver si no oyes ladrar los perros. Acuérdate que nos dijeron que Tonaya estaba detrasito del monte. Y desde que horas que hemos dejado el monte. Acuérdate, Ignacio.–Sí, pero no veo rastro de nada. –Me estoy cansando. –Bájame.El viejo se fue reculando hasta encontrarse con el paredón y se recargo allí, sin soltar la carga de sus hombros. Aunque se le doblaban las piernas, no quería sentarse, por que después no hubiera podido levantar el cuerpo de su hijo, al que allá atrás, horas antes, le habíanayudado a echárselo a la espalda. Y así lo habían traído desde entonces. -¿Cómo te sientes? -MalHablaba poco. Cada vez menos. En ratos parecía dormir. En ratos parecía tener frio. Temblaba. Sabía cuando le agarraba a su hijo el temblor por las sacudidas que le daba, y porque los pies se le encajaban en los ijares como espuelas. Luego las manos del hijo, que traía trabadas en su pescuezo, le zarandeabanla cabeza como si fuera una sonaja. El apretaba los dientes para no morderse la lengua y cuando acababa aquello le preguntaba: -¿Te duele mucho? -Algo...
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