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CARLOS CERDA

EL ESPÍRITU DE LAS LEYES

Mutación

1. RELATO DE ARTEMISA

El timbre que convoca a las sesiones sonaba con insistencia desde hacía más de veinte minutos. Cristina Artemisa, secretaria del senador Arístides Castilla, advirtió la anomalía, pues tiene sus oídos y sus nervios habituados al timbrazo reglamentario de diez minutos, y aunque adjudicó los adicionales a undesperfecto de la instalación eléctrica, dejó el oficio cuando terminó la página número cinco, lo retiró de la máquina, separó las hojas de los calcos y salió de su oficina para averiguar que ocurría. A la anormalidad del timbre se sumó otra de la que se percató al abrir la puerta: la clientela electoral que esperaba pacientemente en la antesala había desaparecido como por arte de magia. Abrió una segundapuerta y salió al pasillo. Le sorprendió aún más comprobar que estaba completamente desierto. Y no sólo aquél al que daba su oficina, sino los siguientes que recorrió con la esperanza de encontrar al menos a un guarda. Sus pasos, a pesar de las alfombras, resonaban con un eco que volvía desde los otros pasillos. Era su taconeo reiterado con ritmo de latido, multiplicado, amplificado de maneracreciente, al punto que resultaba tan alarmante como el timbrazo sostenido. Aun cuando vio que la puerta del ascensor estaba abierta, usó la escalera para bajar al primer piso. Los corredores que conducían a la sala de sesiones estaban también desiertos. Se detuvo frente a las puertas de los comedores porque le sorprendió verlas cerradas y trató de abrir una de ellas, pero ésta hizo resistencia; tuvola impresión de que la manilla había sido siempre un mero adorno y que esa

puerta enorme de caoba tallada no se había abierto nunca. Cuando se cansó de su tentativa, caminó apresuradamente hasta el corredor que conduce a la sala de sesiones. Llegó frente a las pesadas cortinas que protegen las puertas de la sala y en el momento en que iba a correrlas para alcanzar la puerta y, luego, elinterior del hemiciclo, advirtió que algo había entre la puerta y las cortinas, pues éstas delataban un movimiento que era rítmico como el latido en que se había transformado el eco de sus propios pasos. Era evidente que ella también había sido presentida, porque una mano abrió de golpe el cortinaje púrpura y Cristina Artemisa vio que, apoyado en la puerta y con un gesto de indescriptible abatimiento, unhombre se llevaba el dedo a la boca en señal de silencio. La misma mano con que el hombre había corrido la cortina buscó en la penumbra la suya, que ella retiró con repulsión, instintivamente. El rostro del hombre no expresó malestar, pero se sumió más profundamente en su gesto desconsolado. Entonces Cristina vio que los ojos del hombre brillaban en la semipenumbra, y que ese brillo tenía comoorigen unas lágrimas que no alcanzaban las mejillas sino que persistían en los ojos, anegándolos, transformándolos en un agua turbia, en unas cuencas vacías de visión. Acostumbrada a la oscuridad, reconoció al hombre y sintió miedo. “Quiero salir”, dijo, “Déjeme”. Sintió entonces que las órbitas vidriosas la miraban con pena. “Quiere entrar”, dijo el hombre, “ésta no es la puerta de salida”. —Ya losé —contestó Cristina. Sólo quería saber por qué sonaban los timbres. Ahora quiero irme. —No es posible —dijo el hombre. —¿Por qué? —preguntó Cristina buscando el borde del cortinaje. —Todas las puertas están cerradas. —¿Ha visto a los guardas?

—Se han ido. Yo vine a buscar mi paraguas. Los timbres empezaron a sonar cuando intentaba abrir la puerta de mi oficina. Pero usted ve, están todas laspuertas cerradas, todos se han ido y yo necesito mi paraguas. Las palabras del hombre tranquilizaron a la secretaria. En medio de la anomalía era normal que un hombre anduviera buscando su paraguas. Se sintió más segura y le habló en tono sereno. —Yo quería tomar una taza de té. Pero no sólo las puertas del comedor están cerradas. Tampoco hay guardas. O si los hay no he podido ver a ninguno....
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