Cometas en el cielo

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  • Publicado : 11 de mayo de 2011
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El sol casi se había puesto, dejando el cielo envuelto en matices de violeta y rojo. Bajé por la calle estrecha y transitada donde vivía Rahim Kan, una callejuela ruidosa en medio de un laberinto de ellas, todas atestadas de peatones, bicicletas y carritos. En las esquinas había carteles publicitarios que anunciaban Coca-Cola y cigarrillos; los carteles de las películas de Lollywood, la industriacinematográfica de Pakistán, exhibían actrices seductoras bailando con guapos hombres de tez oscura en campos de caléndulas.
Entré en un pequeño establecimiento de samovar, lleno de humo, y pedí una taza de té. Me columpié sobre las patas traseras de una silla plegable y me restregué la cara. La sensación de estar deslizándome hacia una caída segura empezaba a desvanecerse. En ese momento mesentía como alguien que se despierta en su propia casa y encuentra todos los muebles cambiados de lugar. Desorientado, debe reevaluar todo lo que lo rodea, reorientarse.
¿Cómo había podido estar tan ciego? Había tenido delante de mí todas las señales y ahora regresaban volando a mi mente: Baba contratando al doctor Kumar para que operara el labio leporino de Hassan. Baba, que jamás se olvidaba delcumpleaños de Hassan. Recordé el día que estábamos plantando tulipanes y yo le pregunté a Baba si alguna vez se había planteado contratar nuevos criados. «Hassan no se irá a ninguna parte —había vociferado Baba—. Se queda aquí con nosotros, en el lugar al que pertenece. Su hogar es éste y nosotros somos su familia.» Había llorado, llorado, cuando Alí anunció que Hassan y él nos abandonaban.
Elcamarero dejó la taza de té en la mesa. En el punto donde las patas se cruzaban formando una «X», había un anillo de bolas de latón, todas del tamaño de una nuez. Una de las bolas se había desatornillado. Me agaché y la apreté. Ojalá hubiese podido reparar mi vida con la misma facilidad. Di un sorbo al té más oscuro que había probado en muchos años e intenté pensar en Soraya, en el general, en KhalaJamila y en la novela que debía terminar. Intenté mirar el tráfico de la calle, la gente que entraba y salía de las pequeñas tiendas
Khaled Hosseini Cometas en el Cielo
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de dulces. Intenté escuchar la música qawali que sonaba en la radio de la mesa de al lado. Lo intenté todo, pero seguía viendo a Baba la noche de mi graduación, sentado en el Ford que acababa de regalarme, oliendo a cervezay diciendo: «Me habría gustado que Hassan hubiese estado hoy con nosotros.»
¿Cómo podía haberme ocultado la verdad durante tantos años? ¿Y a Hassan? De pequeño, me sentaba en su regazo, me miraba fijamente a los ojos y me decía: «Sólo existe un pecado. Y es el robo... Cuando mientes, le robas a alguien el derecho a la verdad.» ¿No me había dicho exactamente eso? Y en ese momento, quince añosdespués de haberlo enterrado, descubría que Baba había sido un ladrón. Y un ladrón de los peores, porque lo que había robado era sagrado: a mí, el derecho a saber que tenía un hermano; a Hassan, su identidad, y a Alí, su honor. Su nang. Su namoos.
Las preguntas seguían acosándome: ¿cómo podía ser capaz Baba de mirar a Alí a los ojos? ¿Cómo podía vivir Alí en aquella casa, día tras día, sabiendo quehabía sido deshonrado por su amo de la peor manera que puede ser deshonrado un afgano? ¿Y cómo reconciliaría yo esa nueva imagen de Baba con la que llevaba grabada en mi cabeza desde hacía tanto tiempo, con su viejo traje marrón, cojeando por el camino de entrada a la casa de los Taheri para pedir la mano de Soraya?
Otro cliché del que se habría mofado mi profesor de Creación Literaria: de talpalo, tal astilla. Pero era cierto, ¿o no? Ahora resultaba que Baba y yo éramos mucho más parecidos de lo que jamás hubiera imaginado. Ambos habíamos traicionado a personas que habrían dado su vida por nosotros. Y con eso, fui consciente de que Rahim Kan me había hecho viajar hasta allí no sólo para expiar mis pecados, sino también los de Baba.
Rahim Kan había dicho que yo siempre había sido...
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