El olivar y su poda

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El elixir de la eterna juventud (o casi)

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Texto y dibujos: Manuel Pajarón Sotomayor Fotos: Fernando López

No es posible aprender apodar estudiando un libro, por bueno que sea, mucho menos leyendo un artículo. Sólo se aprende en el olivar con la herramienta adecuada en las manos, capacidad deobservación y la compañia de alguien que sepa. Así que la intención de este escrito, mucho más modesta, es ofrecer un guión para repasar los conocimientos previosconvenientes para enfrentarse a tan delicada tarea
od^^s los ext.ertos en olivar, los de ahora y los de antes, a^inciden en yue es necesario podar los olivc^s y yue esimprescindible para obtener producci6n. Lu afirman los más prestigiosos especialistas de la actualidad, y lu afirmaban los especialistas de hace veinte siglos, comoColumela -aquel r^,mano gaditan^^ del siglu I- yue ya recumendaba acordarse del "antiguo proverbio que dice: Quien ara el olivar le pide el fruto; quien lo estercola,suplica insistentemente el fruto; quien lo poda, lo obliga a que se lo dé". Hay una a^mparación, también antigua, aunyue no tanto, yue sitúa esta afirmación en su justotérmino; viene a decir yue la relación entre el abonad^^ (o estercolado) y la po^a para un t^livareru, es cumparable a l^^s medios de los quc dispone un carretem paraaumentar el trabajo de sus animales de tiro: la cebada y el látigo. Una tierra bien abonada equivaldría al pesebre c^^n paja bien revuelta y suficiente cebada, lap^^da correspunde al latigazo, que efectivamente exi^e al animal que entregue su esfuerzo. Un huen olivarer^> úebería ^or tanto considerar la poda como un mal necesari
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