Fantasias al anochecer

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Maggie Shayne


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ALAS DE LA NOCHE 1


FANTASÍAS AL
ANOCHECER




ÍNDICE

Prólogo 3
Capítulo 1 7
Capítulo 2 14
Capítulo 3 21
Capítulo 4 30
Capítulo 5 38
Capítulo 6 45
Capítulo 7 56
Capítulo 8 62
Capítulo 9 69
Capítulo 10 78
Capítulo 11 84
Capítulo 12 91
Capítulo 13 97
Capítulo 14 103Capítulo 15 109
Capítulo 16 119

RESEÑA BIBLIOGRÁFICA 125

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Prólogo


Deseos y adoraciones, persuasiones aladas y destinos velados,


Esplendores, penumbras y encarnaciones titilantes


De miedos y esperanzas, y pesar, con su familia de suspiros,


Y placer, cegado por las lágrimas,


guiado por el fulgor de su propia sonrisamoribunda y no por la vista,


Todos llegaron con pausada pompa.






Percy Bysshe Shelley


20 de marzo de 1793

El cabo de una vela de sebo se mantenía en equilibrio sobre un saliente de fría piedra, con su llama arrojando sombras animadas y extrañas. El olor del sebo quemado no era agradable, pero mucho más que otros aromas que impregnaban el entorno. El aire húmedoy mohoso. Gruesos hongos verdes creciendo sobre muros de piedra áspera. Excrementos de ratas. Repugnantes cuerpos humanos. Hasta aquella noche, Eric había tenido cuidado de conservar el sebo, consciente de que no le permitirían tener más. Ya no lo necesitaría. Al amanecer, iría a la guillotina.
Eric cerró los ojos para no ver las burlonas sombras oscilantes y acercó las rodillas al pecho. Enel otro extremo de la celda, un hombre tosía con espasmos terribles. Más cerca, alguien gemía y daba vueltas en sueños. Sólo Eric estaba despierto aquella noche. Los demás también afrontarían la muerte, pero no al día siguiente. Volvió a preguntarse si su padre habría sufrido de aquella manera en las horas previas a su muerte. Se preguntó si su madre y su hermana pequeña, Jaqueline, habríanlogrado cruzar el Canal de la Mancha y ponerse a salvo. Eric había mantenido a raya a los campesinos sedientos de sangre tanto tiempo como había podido. Si las mujeres estaban a salvo, consideraría digno el sacrificio de su propia y patética vida. De todas formas, nunca había sido como los demás. Siempre lo habían considerado un hombre raro. Dudaba que nadie lo echara de menos. Había pasado solo granparte de sus treinta y cinco años.
Se le convulsionó el estómago y se inclinó hacia delante, suprimiendo un gemido. Hacía tres días que no comía ni bebía nada. La bazofia que repartían en aquella cárcel lo mataría más deprisa que la inanición. Quizá muriera antes de que pudieran cortarle la cabeza. La idea de privar a aquellos bastardos de su pasatiempo barbárico lo hizo elevar la curva de suslabios resecos.
La puerta de la celda se abrió con un gran chirrido, pero Eric no levantó la vista. Sabía que no debía llamar la atención. Pero no era una voz familiar la que oyó, y parecía demasiado cultivada para pertenecer a uno de esos cerdos iletrados.
—¡Déjanos! Te llamaré cuando haya terminado —la voz transmitía una autoridad que exigía obediencia. La puerta se cerró con fuerza,pero Eric siguió sin moverse.
Los pasos se acercaron y se detuvieron frente a él.
—Vamos, Marquand, no tenemos toda la noche.
Intentó tragar saliva, pero no sentía más que arena seca en la garganta. Levantó el rostro despacio. El hombre que se erguía ante él sonrió, acariciándose distraídamente el pañuelo de seda de elaborado nudo. La luz de la vela hacía refulgir su pelo, negro comoel ala de un cuervo, pero sus ojos brillaban con mayor oscuridad.
—¿Quién es usted? —acertó a decir Eric. Hablar resultaba doloroso después de tantos días sin pronunciar una palabra ni beber una gota de agua.
—Roland. He venido a ayudarte, Eric. Ponte en pie. No tenemos mucho tiempo.
—Monsieur, si es una broma...
—Te aseguro que no lo es —se inclinó para sujetarlo por el...
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