Leyenda a las puertas de una sala del museo de arte moderno mauricio-josé schwarz

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LEYENDA A LAS PUERTAS DE UNA SALA DEL MUSEO DE ARTE MODERNO
Mauricio-José Schwarz
Sadoc era más que un tatuador. Era un artista del tatuaje.
      Se veía a sí mismo como un Gaugin, ignorado, despreciado, exiliado en las lejanas islas de un archipiélago de la sociedad que ni le satisfacía ni le asfixiaba. Simplemente lo dejaba ser, ignorándolo salvo cuando, ocasionalmente, algún tipo rudollegaba pidiéndole sus servicios, generalmente un corazón, un nombre o la figura de una mujer desnuda en simple color azul. Eran tatuajes baratos y se veían baratos. Pero él trataba de afinar en ellos su técnica, de experimentar y de demostrar que era mejor, aún por las míseras cantidades que le atraía su oficio. A diferencia de Gaugin, no estaba, empero, sumido en la miseria. Él no tendría quetrabajar en las cuadrillas suicidas de Ferdinand de Lesseps para abrir un canal en Panamá. Tenía una modesta fortuna. Cuatro edificios de departamentos cuyas rentas le permitían no sólo vivir con desahogo, manteniendo sus consumos a un nivel en extremo modesto, sino reunir una suma respetable en monedas de oro celosamente guardadas en una caja de seguridad bancaria. Para pasar el tiempo administraba sinmucho interés un pequeño establecimiento de libros viejos en uno de sus edificios, un sitio oscuro, ubicado en un callejón casi ignorado cerca del centro de la ciudad de México. La librería comunicaba con un departamento amplio y cómodo, sin lujos, pero sin duda muy superior a lo que uno habría podido suponer juzgando a partir de la fachada. Rentaba también otras accesorias a comerciantesmaltrechos, que apenas sobrevivían. Una mujer que vendía yerbas medicinales, un taxidermista que siempre estaba atrasado con la renta, un relojero casi arruinado por el avance irrefrenable de la electrónica y, en la esquina, una anticuada sedería siempre impregnada del olor de antiguas máscaras de cartón que ya jamás habrían de venderse.
      Sadoc se reunía una vez al mes con su contador y cobrador,en un despacho que él mismo le rentaba, hacía cuentas y pasaba al banco a depositar. El resto del tiempo, en el mostrador de su librería, dibujaba. Dibujaba constantemente, siempre sintiendo el lápiz ajeno a sus dedos, añorando el tacto de las agujas para tatuar.
      En una ocasión, entre sus miserables clientes sin gusto y sin dinero, había destacado un personaje desusado, un estadounidense deorigen chino que deseaba un tatuaje singular. Se trataba de un león-dragón, como los que guardan la entrada a la ciudad prohibida de Pekín. El hombre, en mal español, le había preguntado si acaso él tendría la habilidad necesaria para hacer un trabajo así, y le había mostrado un grabado exquisitamente elaborado, multicolor, fantástico e inspirado a la vez, de raíces antiguas, pero indudablementecon influencias contemporáneas.
      El extranjero estaba reticente, desconfiando acaso de lo que había sido una recomendación casual. Pero Sadoc sabía que era perfectamente capaz de reproducir el grabado con toda fidelidad, adaptándose a los pliegues de la espalda del hombre, a los suaves valles que rodeaban a sus omóplatos, a la serpiente en bajorrelieve de su espina dorsal. Entusiasmado, casile rogó al hombre que le permitiera hacer el trabajo, aunque no lo pagara. El chino mencionó algo de los tatuajistas de San Francisco. Sadoc los consideraba artistas menores, artesanos hábiles nada más. Le habló, le mostró fotos de algunos trabajos. Al fin lo convenció. El hombre volvió a su país con un maravilloso león en la espalda.
      Dos años después, el león llevó a un nuevo cliente alestablecimiento de Sadoc, donde éste hacía unas cuentas en su mostrador, bajo el letrero, siempre incómodo en la librería, que anunciaba "Se hacen tatuajes".
      —Buenas tardes, ¿el señor Sadoc? —preguntó una voz aguda e insegura.
      Sadoc levantó la vista y no alcanzó a abarcar con ella a la colosal figura que estaba ante él. Era un hombre de dimensiones impresionantes. Llamarle gordo...
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