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EL ORO DE MALLORCA RUBEN DARIO

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Valldemosa, noviembre de 1913

I
El barco blanco de la Compañía Isleña Marítima se hallaba anclado cerca del muelle marsellés. El sol del mediodía estaba esquivo en la frescamañana. Acompañado de un amigo, Benjamín Itaspes fue a bordo, se posesionó de su camarote, entregó su equipaje. Como ya se iba a partir, se despidió del amigo y se puso a pasear sobre cubierta. Él era el único pasajero de primera. Por la proa, escasa gente, toda mallorquina y catalana, posiblemente del pequeño comercio, conversaban en su áspera lengua. El vapor era limpio y bien tenido; con todo,había un vago olor muy madre-patria... La cocina estaba sobre el entrepuente y se veía a un cocinero sórdido manejar perniles y pescados. A un lado suyo, en una especie de jaula, había cecinas; sobreasadas, cebollas, pimientos rojos y salchichones. De cuando en cuando salía un fogonero, todo negro, de una puerta lateral. Cogía un botijo que había al alcance de su mano, y bebía a chorro. Luego volvía adescender a su carbonera. El vapor pitó; se puso en actividad; salió, al lado de un gran navío catalán que descargaba sobre un lanchón pesadas barras de plata, o de estaño, en las cuales se leía en grandes letras vaciadas: «Figueroa». Pasó junto a los faros. Volvió a pitar. Entró mar afuera. Benjamín miró el panorama de la gran ciudad mediterránea, dio un último saludo a la enorme estatua deNotre-Dame de la Garde, que se alza desde su eminencia, y luego se puso a contemplar distraídamente el mar, tan amado por él. Le había recorrido tantas veces en tan diferentes latitudes, y siempre le encontraba tan nuevo y tan constante, tan ambiguo y tan sincero... Era un vasto ser animado, líquido y palpitante, todo vida y enigma. Y a veces, en sus instantes de meditación o de exaltación, le hablabacomo a una divinidad, o ser inteligente, le hablaba en voz alta, o a media voz, como cuando decía, todas las noches, su Padre-nuestro. Pues Itaspes había conservado, a pesar de su 3

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espíritu inquieto y combatido, y de su vida agitada y errante, mucho de las creencias religiosas que le inculcaron en su infancia, allá en un lejano paístropical de América. El mar estaba quieto, pero Benjamín percibía el eco profundo de su corazón, su honda y eterna melodía interior, que se comunica con la que el artista lleva en el arcano de su alma. El capitán del barco, un catalán robusto, de ojos «marinos», afeitado como un monje, o como un actor, afable, se acercó: «Es usted el único pasajero de primera...; debe ser el Sr. D. BenjamínItaspes, el célebre músico, a quien se me recomienda en un telegrama. Estoy completamente a sus órdenes. He ordenado que se le sirva en una mesita aparte.» Nada mejor. Benjamín gustaba poco del trato de «la gente», de la «bétisse» circulante que se manifiesta por la usual y consuetudinaria conversación, del vulgo municipal y espeso, como él decía. Así como gustaba de comunicar con los espíritussencillos, con los campesinos simples, con los marineros, y con los viejecitos y viejecitas de pocas luces, que viven de recuerdo y, cuentan curiosas cosas pasadas que ellos presenciaron. Almorzó, pues, solo, a la hora que quiso, pues no la había señalada; comió el excelente salchichón, una especie de pescadilla, diversos guisos si no finos, sabrosos, queso de Mahón, rica fruta; bebió con placer rojo ynatural vino de la tierra, vino de España, harto como estaba de las composiciones y menjurjes caros de París. Se atrevió, contra las prescripciones de su médico, a tomar una taza de café... Y aunque recordó sus dolencias y sintió punzadas y molestias de la gastritis, se encontró con un buen ánimo, con la esperanza de que pronto el aire y la tierra encantada de la isla de Mallorca, y la bondad de...
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