Sociologia

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CAPÍTULO III“A VER QUIEN MANDA AQUÍ”

En el siglo XVI, un joven hombre de letras francés amigo de Montaigne Etienne de LaBoétie se hizo una pregunta al parecer ingenua pero si bien se mira muy profunda: ¿por quélos miembros de cada sociedad, que son muchos, obedecen a uno (llámesele rey, tirano,dictador, presidente o jefe de cualquier clase)? ¿Por qué aguantan sus órdenes, en lugardemandarle a paseo o tirarle por la ventana si se pone demasiado pesado? Ningún jefe es tanfuerte, físicamente hablando, como el conjunto de sus súbditos, ni siquiera como cuatro o cincosúbditos echados
pa'lante.
Entonces... ¿por qué se le respeta y obedece, aunque sea undemente peligroso como Calígula o un incompetente como tantos que hubo, hay y habrá entrequienes mandan a los demás? ¿Es por miedo asus guardias? Entonces... ¿por qué le obedecensus guardias? ¿Por la paga? Pero si lo que quieren es dinero ¿por qué no le quitan todo lo quetiene y acabamos de una vez? Y ¿por qué cuando se liquida a Calígula o a cualquier pobreincompetente como Luis XVI sólo es para buscar en seguida otro mandamás no muy distinto?En el capítulo anterior hemos revisado algunas de las razones por las que renunciara partede la libertad personal y obedecer a otro nunca nos ha parecido a los humanos mala idea, apesar de los obvios inconvenientes. A fin de cuentas, de lo que se trata es de aprovechar almáximo las ventajas de vivir
juntos,
en comunidad. La principal de esas ventajas es aunaresfuerzos y así lograr objetivos que cada cual por sí mismo nunca conseguiría. Una direcciónúnica posibilita esa unidadde colaboración; y tal dirección debe tener cierta estabilidad, paragarantizar que la unidad social no sea cosa de un día sino algo en lo que puede confiarse. Comoseñaló un pensador (Federico Nietzsche, en el siglo pasado), las sociedades consisten en unaserie de
promesas,
explícitas o implícitas, que los miembros del grupo se hacen unos a otros.Tiene que haber alguien con autoridad suficientepara garantizar que esas promesas van acumplirse y para obligar a que se cumplan. Si no, la vida en común ya no merece los fastidiosque debemos soportar unos de otros... Luego está la amenaza de que los conflictos entre losindividuos acaben en violencia incontrolable. Aunque tanto nombre propio rompa un poconuestro pacto de que en estos libros yo te cuento las ideas ajenas como si se me acabarandeocurrir a mí, me arriesgaré a citar a otro personaje ilustre: Thomas Hobbes, un filósofo inglés del siglo XVII. En su opinión, los hombres eligieron jefes por
miedo.
.. a sí mismos, a lo que podríallegar a ser su vida si no designaban a alguien que les mandase y zanjara sus disputas. Con unavisión pesimista de los humanos (o realista, como prefieras), Hobbes pensaba que el hombrepuede llegar aser una fiera para los otros hombres: ni el más fuerte puede estar seguro, porquede vez en cuando tiene que dormir y el enemigo aparentemente debilucho es capaz deacercarse  durante  el  sueño  y  apiolarle  sin  problemas...  La  vida  de  los  individuospermanentemente enfrentados unos a otros, siempre temiendo el golpe fatal, es una existenciaoscura, brutal y corta. Por esa razón prefiere cadacual renunciar a su impulso violento contra losdemás y someterse todos a un único monopolizador de la violencia, el gobernante: ¡más valetemer a uno que a todos, dice Hobbes, sobre todo si ese uno se rige por normas claras y no porcaprichos! Pero hasta un Calígula, con todo su horror, es menos malo que dejar sueltos a los milCalígulas que todos llevamos dentro...Lo cierto es que los jefes, laspersonas revestidas de mando, han disfrutado siempre de unhalo especial de respeto y veneración, como si no fueran seres humanos como los demás. Elhábito de obedecer todos a uno lo hemos debido adquirir a costa de mucha sangre y tremendaspresiones colectivas: por eso una especie de santo temor rodea a todo el que ocupa unajefatura... aunque no sea más que un alcalde de pueblo. Cualquier jefe tiene...
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