El muerto del canderalazo de san agustin

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  • Publicado : 14 de enero de 2012
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El muerto del canderalazo de san agustin
Contaban las abuelitas que hace muchos años, en esta nobilísima ciudad de San Francisco de Quito, se acostumbraba velar los muertos en las iglesias.
Los deudos acompañaban al velorio hasta las once de la noche y los más valientes hasta las doce, a lo más. Porque, no hay que ignorar que en aquellos tiempos, los aparecidos y los fantasmas, parece queestaban a sus anchas en los rincones quiteños… molestando de diversas maneras a los prójimos que se trasnochaban. Principalmente, aquellos que vagaban por los alrededores en busca de aventuras gratas para el corazón o que gozaban yendo a casa ajena a tomar el sabroso chocolate con queso y pan de huevo, después de las más sazonadas tertulias.
Pasada la medianoche, quedaban velando el cadáver loscoristas o los sacristanes. Los que eran devotos, se entregaban al rezo de largas oraciones por el descanso del alma del fallecido y otros pasaban el tiempo relatando historietas espeluznantes o también haciéndose cualquiera broma.
Siguiendo aquella costumbre, se velaba en el templo de San Agustín, el cadáver de un destacado militar que había muerto de una fuerte epidemia, después de salvar un sinnúmero de peligros en muchos combates.
Durante el día y al comienzo de la noche, los familiares y amigos del difunto, le acompañaron cumplidamente, rememorando sus virtudes y manifestándose mutuamente su pesar; pero al acercarse la media noche, el velorio quedó sin acompañamiento.
Todos se habían ido, a excepción de dos sacristanes que continuaron en vela obligadamente. Eran ellos, dos muchachonestraviesos y amigos de las bromas pesadas, sin embargo de lo cual jamás habían roto su amistad.
Ambos jóvenes, que se llamaban Pedro Illescas y Toribio Fonseca, vivían en la vieja parroquia de San Blas, en una misma casa.
El gusto invencible de Pedro, era el pan con queso y raspadura, que en ese feliz tiempo se llamaba “un quinto” y costaban apenas dos centavos y medio, o sea “calé”; como decíanpopularmente los vecinos de esa época y se lo solicitaba en cualquier tienda con esta llanísima expresión: “mercado de pan, chaupi de queso y chaupi de dulce”.
En cambio para Toribio, no había mejor cosa que el maní tostado.
Quedaron pues, estos dos simpáticos sacristanes cuidando el cadáver del militar, que yacía en una lujosa caja forrada de terciopelo negro y rodeado de enormes cirios, que ibanconsumiéndose lentamente chisporroteando sus gruesas mechas cada vez que un leve viento penetraba por algún resquicio de los altos ventanales.
Mientras, en las amplias naves del templo, a través de una miedosa semioscuridad, brillaban los áureos relieves de los ricos altares donde se extendía el silencio más completo.
Al principio, Pedro y Toribio entretuvieron su tiempo relatando historietasde ladrones y de brujas que volaban montadas en una escoba, o también del desentierro de valiosos tesoros escondidos por acaudalados avaros.
Mas, los temas iban agotándose y la noche todavía tenía un gran trecho.
Se le ocurrió entonces a Pedro, ahuyentar el sueño valiéndose satánicamente de su ingenuo compañero.
-Escúchame Toribio, – le dijo – tengo los párpados pesados como plomo y si nohacemos algo para no dormirnos, el muerto como es militar, capaz es de levantarse y ponernos en un emparedado como castigo de nuestro descuido.
- Es verdad, pues también yo siento buenos deseos de tenderme aquí mismo y descansar un buen rato; pero, ¿qué podemos hacer para echar a este maldito sueño?, contesto Toribio.
- Es muy sencillo. Es cuestión de pocos minutos, nada más.
- ¿Y cómo?
- Pues tengoen el bolsillo un real de plata, y si tú te prestas para ir donde doña Petrona, el asunto que aria arreglado.
- ¿Dónde la señora que vende cirios para nuestros altares?
- La misma. Comprendo que eres un muchacho de aventura, que nada te arredra, ni te detiene.
- Achica el elogio y vamos al gano. Dime, ¿qué debo donde doña Petrona?
- Sencillamente, le convences que te abra la puerta de...
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