Viajes y aventuras a través del mundo solar

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Biblioteca virtual Julio Verne

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Héctor Servadac
Viajes y aventuras a través del mundo solar

© Editado por Cristian Tello

Cortesía de: http://www.jverne.net
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Género: Novela
Año de publicación: 1877
Sinopsis:
En la costa de Argelia, el capitán francés Héctor Servadac, su ordenanza Ben-Zuf y el suelo bajo sus pies son barridos de la faz de la Tierra, tras el paso de uncometa. El mundo a su alrededor rápidamente cambia y cuando la pareja comienza a explorar, descubren que junto con ellos existen otras personas en este nuevo mundo y juntos deciden formar una pequeña colonia, integrada por un conde ruso, la tripulación de su yate, un grupo de españoles, una joven italiana, un comerciante judío, un grupo de soldados británicos y el profesor francés PalmiranoRoseta, que les informa a todos donde están realmente. Los viajeros se encuentran sobre la superficie del cometa Galia viajando a través del espacio.
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Primera parte

Capítulo I
Cambio de tarjetas

No, capitán, no cedo a usted la plaza.
–Lo siento, conde; pero por nada ni por nadie modifico mis pretensiones.
–¿De veras?
–Sí, señor.
–Tenga en cuenta, sin embargo, que soyel más antiguo en esa pretensión.
–La antigüedad no da ningún derecho en estos asuntos.
–Le obligaré a cederme el puesto, capitán.
–No lo creo, conde.
–Me parece que una estocada...
–Quizás un pistoletazo...
–Tome mi tarjeta.
–Allá va la mía.
Dichas estas palabras, los dos adversarios cambiaron sus tarjetas, en las que se leía:

Héctor Servadac, capitán delEstado Mayor en Mostaganem, en una; y
Conde Basilio Timascheff, a bordo de la goleta Dobryna, en la otra.

Al separarse, preguntó el conde Timascheff:
–¿Dónde pueden verse nuestros testigos?
–Hoy a las dos, si a usted le parece bien –respondió Héctor–, en el Estado Mayor.
–¿En Mostaganem?
–En Mostaganem.
Y, dicho esto, el capitán Servadac y el conde Timascheff sesaludaron con cortesía.
Al ir a separarse, el conde Timascheff hizo esta observación:
–Capitán, creo que debemos callar la verdadera causa de este duelo.
–También lo creo yo –respondió Servadac.
–No se pronunciará nombre alguno.
–Ninguno.
–¿Y el pretexto?
–¿El pretexto? Una discusión musical, señor conde.
–Perfectamente –respondió Timascheff–, yo habré defendido a Wagner,lo cual está en mis ideas.
–Y yo a Rossini, lo cual está también en las mías –replicó riéndose, el capitán Servadac.
Después, el conde Timascheff y el oficial de Estado Mayor se saludaron y se separaron definitivamente.
La escena que acabamos de relatar habíase desarrollado a las doce, aproximadamente, de la mañana, en el extreme de un pequeño cabo de la parte de la costa argelina,comprendida entre Túnez y Mostaganem y a tres kilómetros, poco más o menos, de la embocadura del Cheliff.
Aquel cabo dominaba el mar en una extensión de veinte metros, y las aguas azuladas del Mediterráneo iban a morir a sus pies, lamiendo las rocas de la playa enrojecidas por el óxido de hierro.
Era el 31 de diciembre; el sol, cuyos rayos oblicuos doraban, de ordinario, todas las eminenciasdel litoral, estaba a la sazón velado por una densa cortina de nubes. Las espesas brumas que, desde hacía dos meses y por causas inexplicables, envolvían el globo terrestre, dificultando las comunicaciones, entre los diversos continentes, cubrían entonces el mar, con grave peligro para los navegantes.
El conde Basilio Timascheff, al separarse del oficial de Estado Mayor, dirigióse hacia un botearmado de cuatro remos, que en una de las pequeñas ensenadas de la costa le estaba aguardando. Luego que tomó asiento en él, la ligera embarcación se separó de la costa y se dirigió a una goleta de placer que lo esperaba a pocos cables de distancia.
El capitán Servadac dijo, por señas, que se acercara, a un soldado que a veinte pasos de él tenía de las riendas un magnífico caballo árabe, y...
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